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domingo del tiempo ordinario - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2012-2013 [C]

Jesús vuelve a ser presentado de camino, en este caso entra en la ciudad de Jericó. Dicha ciudad estaba situada junto al río Jordán y era una de las más importantes de Israel. Constituía la última parada antes de la subida a Jerusalén. Es un lugar geográfico importante en el Evangelio de Lucas, ya que primero se encuentra con el ciego de Jericó al que salva devolviéndole la vista. Más tarde Jesús salva a Zaqueo, publicano. Tanto el ciego como el publicano eran excluidos sociales, pero los dos son acogidos por Jesús.

A continuación el texto nos describe a Zaqueo. Era jefe de los publicanos, que eran los encargados de recaudar los impuestos para los romanos. Estaban mal vistos, colaboraban con los opresores, por eso eran tenidos por pecadores públicos. Además Zaqueo también era rico. Pocas veces en la Biblia se describen los rasgos físicos de los personajes, y del que hoy nos ocupa se nos dice que era bajo. La descripción de este rasgo adquiere importancia porque le hace ser creativo y audaz. Ni su pequeñez física, ni moral son obstáculos para la búsqueda.

Zaqueo puede responder con su manera de obrar a una de las preguntas primordiales de cualquier discípulo de Jesús. ¿Quién decís que soy ? (Mt 16, 15). Zaqueo responde a esta cuestión con su obrar. El texto nos dice que Zaqueo trataba de distinguir a Jesús. Nos podemos preguntar qué era lo que más había sorprendido o cautivado de Jesús para que lo buscase. Se aleja de la gente, corre y se sube a una higuera. No le importaba el qué dirán, ni los murmullos ; el publicano subido a un árbol. Alguien más importante le mueve por dentro. Todo porque le importaba ver a Jesús. Él quería ver a Jesús y se encontró con su mirada. Jesús que pasaba se encuentra con el que lo busca y le habla. Le dice a Zaqueo que baje, aprisa, porque tiene que alojarse en su casa. Las palabras de Jesús desprenden prisa, quizás la misma que el mismo Zaqueo se dio para ver a Jesús. Él baja rápido y lo aloja en su casa, el texto también nos dice que lo recibió contento. Apreciamos la alegría profunda, la satisfacción de Zaqueo. Jesús va a su casa. Entrar en la casa supone entrar en un lugar que atañe a nuestra intimidad, denota también confianza y aceptación por parte de Jesús de la condición de Zaqueo. Si al protagonista de la parábola no le importan los dimes y diretes de la gente, a Jesús tampoco. Todos murmuran ; ya se sabe quiénes eran los que criticaban siempre la manera de ser y de obrar de Jesús.

El encuentro cara a cara de Jesús y Zaqueo tiene consecuencias para la vida de este último. Decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y restituir lo que hubiera podido robar. Devolver cuatro veces lo sustraído era lo que la ley estipulaba en algunos casos (Ex 21,37 ; 22,3). Zaqueo reconoce su miseria y su ser deshonesto. Hay verdad en su arrepentimiento. 

La misericordia que Jesús, el Hijo de Dios, tiene se cumple fielmente. En su actuar prevalece que no quiere la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva. La salvación entra en casa de Zaqueo. El salmo que la liturgia nos presenta este domingo, el 144, deja patente que el Señor es bondadoso con todas sus criaturas, que es bueno con todos y cariñoso con todos. El Señor es fiel a sus palabras, no puede desdecirse a sí mismo. Su bondad alcanza a todos.

La salvación de Dios, por medio de su Hijo, devuelve a Zaqueo la profunda dignidad de hijo de Abrahán. La interpretación de la Ley por parte de los judíos más ortodoxos excluía a los publicanos de la paternidad de Abrahán. Dios continúa con la fidelidad a la alianza prometida a Abrahán. Zaqueo acoge el don de Jesús, se sabe salvado por su misericordia pero no queda ahí, cambia de conducta. Su vida muestra su arrepentimiento, el encuentro con la misericordia le capacita para una vida buena y renovada. El “hoy” de la salvación que aparece en este pasaje ya se anuncia en Lc 4,21.

Un domingo más la misericordia del Señor es para todos los seguidores de Jesús, fuente de una profunda alegría. En este relato evangélico apreciamos que la “audacia es la característica de un hombre esperanzado y la alegría es la característica del hombre redimido” (Olegario González de Cardedal). Podemos terminar nuestra oración con las mismas palabras del salmista : “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey”. Que sea la misericordia del Señor la que nos capacite el corazón para reconocer nuestra condición de criaturas, buscar a Jesús, que se hace el encontradizo, y convertirnos. Somos criaturas de barro, pero recreadas por la mirada de Jesús que está a la puerta de nuestra casa llamando con ternura. Espera nuestra respuesta con las manos abiertas para, juntos, seguir caminando y convirtiendo nuestros amores a lo pequeño en un Amor que nunca muere.

Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca, España

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