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domingo del tiempo ordinario - Sr. Cristina María

Année liturgique 2012-2013 [C]

 Abraham, el Amigo de Dios

La liturgia de este domingo nos presenta el camino que Dios hace constantemente con el hombre, con cada uno de nosotros : crear y recrear. Esta obra de Dios que somos nosotros todos, necesita estar siempre entre las manos salvadoras de Dios para que no pierda ese “espíritu bueno”, esa impronta de Dios mismo que hay en cada ser humano. El hombre creado necesita ser recreado día tras día. Y día tras día nosotros necesitamos orar con plena confianza : No abandones, Señor, la obra de tus manos (Salmo 137)

Abraham es el amigo de Dios. Mejor, Dios lo tiene como amigo. Y a su amigo no puede ocultarle nada. Además “lo ha escogido para que instruya a sus hijos, su casa y sus sucesores, a mantenerse en el camino y el Señor practicando la justicia y el derecho”. El pueblo no se ha mantenido en ese camino y el Señor “va a bajar” para dialogar con ellos. El Señor siempre “baja”, se pone al lado del hombre para entablar diálogo. Es el Dios justo y misericordioso y no quiere hacer nada sin contar con los suyos. Abraham intercede para que la vida de los justos – 45, 40, 30, 20, 10…- sea salvación para los injustos. Los justos redimen a los injustos, como Jesús lo hará. Es ese nuevo sentido de solidaridad y justicia que nos aporta la nueva economía de la salvación. El texto desciende hasta 10 justos y no llega al JUSTO que dará todo, que entregará su vida para que todos tengamos vida : “Dios os dio la vida en El, Jesús” (2ª lectura de este domingo). Jesús será el verdadero intercesor “siempre vivo para interceder en nuestro favor” (Hebreos, 7,21)

Co este trasfondo bíblico, se nos da a saborear el Salmo 137. Pongamos este texto en boca de Jesús, el gran intercesor ante el Padre. Hoy Jesús, el Justo, intercede por boca de la Iglesia y por la nuestra con la oración : No abandones, Señor, la obra de tus manos

En el Evangelio, Lucas nos presenta al gran intercesor, Jesús. Los discípulos le piden al Maestro que les enseñe a orar en un momento en el que El mismo estaba en orando al Padre. Y Jesús nos introduce en el secreto de su relación filial con el Padre. Nos da lo esencial de la oración : el PADRE, poder llamar a Dios ¡PADRE !

También nosotros podemos llamar a Dios Padre con una confianza absoluta.
Como El, Jesús, podemos desear con todo el corazón que su Nombre sea santificado, es decir, conocido y reconocido en todo, incluso en esos momentos más opacos de nuestra vida.
Que su Reino, el del Padre, venga a nosotros, a nuestro mundo. Que la humanidad sea gobernada, salvada, animada por su gracia y por su Palabra de vida, de verdad, de justicia, de amor y de paz.
Que todo lo que necesitamos para nuestra vida, la del cuerpo y la del corazón, el PAN, no nos falte nunca.
Que el Perdón que invocamos para nosotros nos comprometamos a darlo a los demás.
Que nos ayude en los momentos difíciles, en nuestras tentaciones, que forman parte de nuestras vidas de caminantes, de peregrinos... Que esté siempre con nosotros y que experimentemos su presencia.

En el Evangelio, Jesús nos habla a través de dos parábolas y nos anuncia un mensaje profundamente consolador : siempre seremos escuchados si nuestra oración y nuestra vida están guiadas por la confianza. El Padre sabe lo que necesitamos. Nunca le molesta nuestra oración, nunca es inoportuna. Él sabe las cosas buenas que necesitamos para ser cada día mejores, mejores hijos sobre todo. Y no oremos solamente por nosotros. Seamos como Abraham y como Jesús, verdaderos intercesores. La oración de intercesión nos hace prójimos de los demás, nos acerca a ellos, a sus alegrías y a sus sufrimientos.

Sabiendo que Dios es nuestro Padre, “nos atrevemos a decir” –como Abraham se atrevió a orar- Padre nuestro

Cristina María, r.a
Málaga, España

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