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domingo del tiempo de Pascua - Sr. Ana Alonso

Année liturgique 2012-2013 [C]

En este sexto domingo de Pascua el Evangelio nos invita a escuchar a Jesús. Pidamos al Señor su gracia. Que esta nos vaya haciendo capaces de vivir lo que el Hijo nos está dejando como herencia en este discurso.

El pasaje de hoy pertenece al capítulo 14 y este capítulo tiene un protagonista preeminente, el Padre. En la relación del Padre y el Hijo se introduce al Espíritu que recibe el nombre de Paráclito. Son textos evangélicos que nos abren al Misterio de Dios, Uno y Trino. Los discípulos a los que Jesús se está dirigiendo, y por ende a nosotros hoy, quedan anclados en el seno de Dios comunión, de Dios Trinidad.

Estamos ante una parte del discurso de Jesús de la cena de despedida, de la cena Pascual. Una lectura sosegada de la voluntad de Jesús nos muestra varias cosas.

El amor al Hijo se concretiza guardando la Palabra dada por Jesús. El guardar la Palabra significa encarnar las enseñanzas del Hijo. Consiste en poner en práctica lo escuchado, en caminar por el país de la vida a la luz de las enseñanzas de Jesús. Podemos evocar con palabras del salmo 118, que hemos jurado guardar sus justas disposiciones, que nos conceda la Vida conforme a su Palabra (Sl 118, 106-107). Vivir desde la luz de la Palabra nos otorga el amor de Dios Padre y la pertenencia total al Dios con nosotros, porque vivir la propia vida desde la Palabra es garantía de que Dios morará, habitará en nosotros. El Señor está llamando a la puerta para que, libremente, le abramos nuestro corazón como preámbulo a la mesa compartida (Ap 3,20). La plenitud es el don supremo que empieza en el tiempo presente y apunta igualmente al “último día”.

El protagonismo del Padre se ve claramente reflejado cuando Jesús vincula el origen de su Palabra al Padre. Desde el principio la Palabra está junto a Dios y era Dios mismo ; Palabra que alcanza su cumbre en el Verbo Encarnado. Sabiendo que Dios y su fidelidad le impiden desdecirse de su ser Dios con nosotros. Esta permanencia la cumple con el envío del Espíritu Santo a petición de su Hijo. La misión del Paráclito es clara según el texto : enseñar y recordar ; pero no nada nuevo, sino la misma enseñanza del Hijo. La Presencia del Espíritu garantiza a cada creyente que puede hacer memoria viva de la persona de Jesús, memoria que se actualiza siempre e impide caer en la nostalgia y tristeza.

Hay en este discurso de Jesús otro don más : la paz. Pero, ¡ojo ! No es una paz como la que da el mundo. Cuando invocamos al Dios de la paz (Rom 16,20) lo hacemos porque Él es la realidad plena y desbordante. La paz que se puede observar al final de la creación, que es mantenida por Dios desde su propia fidelidad al hombre. Y que por último es don total y definitivo. La paz aparece vinculada al Espíritu como un fruto suyo (Gal 5,22). Este don de la paz va más allá de la simple armonía con todo lo que rodea al hombre, aquí se trata de la armonía con Dios, el Señor de la paz (Jueces 6,24).

Profundo conocedor de la humanidad de sus discípulos, el Hijo los anima y fortalece, les pide que su corazón no se inquiete, que no tiemblen, ni caigan en tristezas y angustias. Los amigos de Jesús sufren por su muerte, se turban ante la situación que Jesús les está anunciando ; es el mismo Jesús el que les comunica su partida, pero también les anticipa su vuelta junto a ellos. Dios no puede desdecirse a sí mismo y es Dios con nosotros siempre.

Pidamos el don de la paz profunda como fruto del Espíritu, una paz que nada ni nadie nos puede arrebatar. Pidamos al Padre con el Hijo que envíe su Espíritu sobre cada uno de nosotros. Espíritu que es fuerza y aliento de Dios, que el Paráclito nos vaya capacitando para vivir la voluntad de Dios en el hoy de nuestra historia personal, comunitaria y eclesial. Al pedir la gracia del Espíritu estamos poniendo delante de la Presencia de Dios nuestro deseo de querer superar nuestra propia limitación y vivir como Hijos y herederos de las promesas de Dios.

Podemos terminar con estas palabras del cardenal Suenens : “Soy hombre de esperanza, y no por razones humanas o por optimismo natural, sino sencillamente porque creo que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y en el mundo, incluso allí donde es ignorado. Soy hombre de esperanza porque creo que el Espíritu Santo es siempre Espíritu creador. Cada mañana da, a quién lo sabe acoger, una libertad fresca y una nueva provisión de gozo y de confianza. Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. ¿Quién se atrevería a decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado ? Esperar es un deber, no un lujo. Esperar no es soñar. Es el medio para transformar los sueños en realidad. Felices los que tienen la audacia de soñar y están dispuestos a pagar el precio para que sus sueños se conviertan en realidad en la historia de los hombres.

Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca


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