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Tercer Domingo de Cuaresma - Sr Cristina María

Année liturgique 2018-2019 [C]

Yo soy el que soy… va hacia mi pueblo


El Domingo anterior la liturgia nos presentaba en la primera lectura la figura de Abrán y la alianza que estableció con nuestro padre en la fe. Este domingo es Moisés quien viene a nuestro encuentro para seguir recorriendo el camino que Dios hizo con la humanidad para llevarle hacia la tierra de la libertad. Abrán salió de su tierra para ir hacia donde Dios quería conducirle y hacer de sus hermanos un pueblo. Moisés saldrá con sus hermanos de Egipto para recorrer otro tramo de ese camino hacia la liberación. Jesús completará el camino con la entrega de su propia vida por todos.


La primera de las lecturas de este domingo nos trae pues a la memoria el gran relato de la liberación de Egipto. Allí los israelitas vivían en la esclavitud. Pero llega un momento en que el Señor “ve la opresión del pueblo”, “escucha sus quejas” y “los libra” de esa situación para llevarlos a la tierra prometida, una tierra que mana leche y miel. Moisés será el enviado de Dios a su pueblo. ¿Cómo tiene que responder Moisés cuando su pueblo le pregunta quién lo envía ? “Yo soy el que soy me envía a vosotros”. Dios es el que es y el fundamento de nuestro propio ser, de nuestra libertad, de nuestra vida. Somos sus criaturas. Y él quiere la vida para nosotros, la vida en plenitud, la vida en libertad. Para el pueblo oprimido por la esclavitud se abrió un horizonte de esperanza. Dios, el Dios de sus padres, el Dios de la vida, se acercaba a ellos. Moisés era su profeta. Les ofrecía la libertad y un futuro nuevo en una tierra nueva.


Esta libertad hay que elegirla cada día. El hecho de que Dios nos libere no quiere decir que automáticamente alcancemos la libertad. Al preso no basta con abrirle la puerta de la cárcel. Tiene que levantarse y salir por su propio pie. Tiene que asumir su parte en su propia liberación. O dicho con las palabras de Jesús : “Si no os convertís, todos pereceréis”. Estas palabras están en conexión con la parábola final. En ella podemos comprender la inmensa misericordia de Dios que una y otra vez sigue tendiendo su mano salvadora, liberadora, hacia nosotros. El dueño llevaba ya tres años gastando tiempo y dinero en una viña que no daba fruto. Quiere cortarla, arrancarla y ocupar el terreno en otra cosa. Pero el viñador quiere seguir probando. Piensa que todavía es posible que dé fruto. Es cuestión de paciencia y trabajo. La misma paciencia que Dios sigue teniendo con nosotros. Hasta que seamos capaces de vivir como hombres y mujeres libres y responsables.


El salmo 102 que se nos proclama tras la primera lectura nos invita a creer en este amor misericordioso. Como se levanta el cielo sobre la tierra – norte y sur – se levanta su bondad sobre sus fieles, y como dicta el oriente del occidente así aleja de nosotros nuestros delitos. El Señor nos libera. Nos colma de su amor para que nuestras vidas puedan vivirse amándole a El y a los hermanos.


Cuaresma no es tiempo para sentirnos desesperanzados o desanimados. Es un tiempo de gracia. Es cierto que al mirar a nuestras vidas descubrimos que no siempre hemos aprovechado la herencia preciosa que recibimos de nuestros padres, que la fe recibida no la hemos vivido de acuerdo con el Evangelio. Pero es verdad también que tenemos un liberador que una y otra vez nos sigue tendiendo su mano. Para que salgamos de nuestra cárcel. Para que caminemos en libertad. Para que vivamos en plenitud. Las lecturas de este domingo nos confirman, una vez más, que Dios no abandona a su pueblo. Aunque a veces la vida se nos haga tan dura que así nos lo llegue a parecer.


Sr Cristina María, r.a.
Madrid

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