Pan y vino para el camino

Ordinaire

Celebramos la fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor. Es la memoria de una entrega, la actualización de una presencia : “Este es mi cuerpo” “Esta es mi sangre”. Toda la historia de Dios con nosotros queda resumida en estas palabras. “No solo recuerdan el pasado, dice Benedicto XVI, sino que anticipan también el futuro. El acontecimiento que hoy celebramos es el hecho central de la historia del mundo y de nuestra vida personal”

Como signo de su presencia Jesús escoge pan y vino. En cada uno de los dos signos se entrega totalmente. A través de ellos se acerca y se une a nosotros. Un poco de pan y un poco de vino. ¿Por qué estos dos elementos ? En la pequeñez y la sencillez de ambos se nos revela la Presencia más entrañable de nuestro Dios, nos visita el Dios que se hace próximo y se queda entre nosotros.
 
El pan es el alimento básico del ser humano, mantiene nuestra vida día a día, es el fruto del trabajo del hombre y el trabajo humano es fruto del pan.
No es lo refinado, ni lo exótico, ni lo caro, sino lo simple y lo accesible. Cuando está tasado aprieta la necesidad, cuando falta sobreviene el hambre.
El vino nos habla de amor y de sacrificio. Nos sugiere la misteriosa relación que en el ser humano tienen ambas cosas. No es auténtico el amor que rehúsa sacrificarse, no es valioso el sacrificio que no nace del amor. El vino nos sugiere la alegría de quien se entrega por amor. Es el gozo del sacrificio que se realiza por el amor.
 
El pan y el vino tienen en la comunidad de los creyentes una larga historia. El texto de hoy el sacerdote-rey de Salem, Melquisedec, reconoce la elección de Abraham y le ofrece a él y a sus hombres pan y vino (Gen 14,18-20). Mil años más tarde, el “sacerdote eterno” (Sal 109,4) ofrece su vida al Padre y a los hermanos valiéndose de un trozo de pan ácimo y de una copa de vino como se hacía entre los judíos al celebrar la cena pascual (I Cor 11,23-26)
 
Pensar en pan y en vino en la vida de Jesús, nos hace referencia a la comida, a la casa y a la acogida. Son signos de la presencia de Dios por estos caminos de la historia. Dios se pone en camino de búsqueda, aproximación y de entrega a la humanidad. Y cuando sueña, lo hace en categorías de pan abundante, vinos sabrosos y manjares exquisitos.
 
El pan, la mesa, la casa son lugares de encuentro y de entrega. En ellos se manifiesta la acogida al don, queda de manifiesto la sobreabundancia del amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), en torno a una mesa les expresa su cariño. Los llantos humanos encuentran quien los conjugue en la casa y la melancolía de las lágrimas son sanadas junto a la mesa compartida (Jn 12,1.16).
En las comidas de los Evangelios encontramos una estrecha relación entre participar de la mesa y acoger en la casa como hacen generalmente los pobres.Todos tienen cabida y lo que hay se reparte. Las comidas de Jesús sanan, rehabilitan, acercan a Dios, abren nuevas rutas y se convierten en camino para encontrarse nuevamente con los otros (Lc 19,1-11).
 
La liturgia nos propone en este ciclo C para celebrar la fiesta del Cuerpo de Cristo, el texto de la multiplicación de los panes. Es la fiesta del Dios que se regala, que se multiplica y se hace alimento. Lucas narra la multiplicación de los panes en clave eucarística (v.16). El milagro es la Eucaristía.
 
(Lc 9,11b-17) Lc nos dice que la gente no se reúne en la casa, sino en el descampado y Jesús les habla del Reino de Dios y sana sus enfermedades. El ofrece palabras que alimentan y que sanan. Ofrece voces que humanizan, reparte gestos y miradas que alientan el hambre y la sed de la dura marcha por los caminos desérticos, son palabras que se convierten en parábolas (Mc 4,1-34) que dejan al descubierto el verdadero rostro de Dios.
 
Jesús está fuera en el campo y la gente está con él. Todo sucede en un lugar desértico No es casualidad que este pasaje de la multiplicación lo narren los cuatro evangelistas y no es casualidad que ocurra fuera de la casa y lejos de la mesa. Tanto ayer como hoy, las grandes mayorías con hambre están fuera, sin acceso a los bienes que son de todos los hijos.
El descampado es el refugio de los sin techo, es el lugar al que abandonan la ciudad al caer la tarde porque no hay sitio para ellos en el centro de la ciudad. Está rodeado de gente pobre, enferma y hambrienta. Añade que caía la tarde (v.12) igual que en Luc 24,29. Los dos discípulos de Emaús también aluden a esta connotación del tiempo : al caer el día es cuando se realiza la bendición del pan. Jesús está embelesado compartiendo la buena noticia. No pareciera que tiene prisa, ni intenciones de acabar de escuchar, y de hablar a la multitud que tiene hambre y sed de la palabra.
La muchedumbre sigue a Jesús. Nadie les hablaba como aquel hombre (Jn 7,46), nadie había tomado en serio sus verdaderas necesidades como él. Nadie les había mirado a los ojos ni les había dirigido una palabra que les personalizara.
 
Los discípulos deciden intervenir a favor de la gente alegando que están con hambre, están preocupados porque no tienen qué comer. Proponen una solución realista “ir a comprar”. Es cuestión de la gente. Ellos no están afectados. Jesús rechaza la idea pues esto dispersaría a la gente y solo podrían comprar quienes tuvieran dinero. Y les cambia la perspectiva. Les hace una propuesta donde les implica :”dadles vosotros de comer” (v.13) ¿Qué les propone ? Que se responsabilicen de esa multitud, les pide que se hagan cargo de ellos, que colaboren con sus manos en la erradicación del hambre.
La perspectiva de Jesús representa la iniciativa del amor, de la solidaridad, de la gratuidad total. Les deja claro que el anuncio del Reino pasa por la solución de las necesidades vitales. Así Dios y el discípulo colaboran en la construcción de un mundo nuevo, el discípulo pone sus manos para organizar y repartir la abundancia del don de Dios, ejecuta el sueño de Dios de levantar una mesa para todos donde nadie pase necesidad ni quede excluido de los bienes (Is 25,6-12)
Este sueño no se realiza por la compra del pan necesario, por el dinero que cada cual tiene, sino que viene a través de verbos como “dar”, “entregar” y “compartir”. Nos toca conjugar estos verbos y hacerlos realidad.
En el relato Lc nos dice que todos comenzaron dando lo poco que tenían, como sucede entre lo pobres. Y así sucede el milagro, a partir de la gente, cuando comparte su propia pobreza.
El cambio no lo da el dinero, sino el poder de compartir, la organización de bienes puestos al común y al servicio de todos.
Esto provoca abundancia hasta la saciedad. Tal es la sobreabundancia del don que recogen “doce” canastos. Nos habla de un nuevo pueblo, que antes estaba disperso como ovejas sin pastor, y ahora, se encuentra reunido por un pastor que les procura el Pan y alimento que les “da la vida eterna”.
¡Danos Señor hambre y sed de ti !
 
Ascensión González Calle
Provincia de Ecuador-Chile

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