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El día después de la JMJ

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Ha sido una suerte la que nos ha tocado vivir con esta JMJ que se ha celebrado en Madrid. Ha sido una suerte ver a Madrid y a España entera engalanada para acoger a los miles de peregrinos y al Papa. Escuchar que los días en las diócesis han sido ya unos buenos días donde las familias, congregaciones y parroquias se han volcados con todos los que venían. La fe como generadora de acogida y fraternidad universal ; más allá de obstáculos como el de la lengua. Había un lenguaje común y una ilusión común : mostrar que Él que nos une facilita este tipo de encuentros. 

Salir estos días en Madrid era salir a unas calles llenas de peregrinos ataviados con sus mochilas, gorras, polos identificativos de su país de origen y sus banderas ; de todas partes del mundo. ¡La organización habla de 200 países ! Era impresionante entrar en el metro, saturado, de gente y oír cantar y corear el nombre del Papa Benedicto. Era impresionante ver cómo la gente sonreía y daba las gracias por las atenciones y por los gestos. Mirar a un desconocido a la cara era diferente de otras veces : él como yo habíamos venido en el nombre del Señor.

Las actividades de la JMJ eran muchas, había una gran oferta espiritual, cultural, artística, vocacional : el gran parque del Retiro era una fiesta del perdón con sus 200 confesionarios, las plazas más céntricas acogían conciertos de música de grupos religiosos, el Museo del Prado albergaba una exposición sobre la vida de Cristo, las distintitas parroquias ofrecieron tres días de catequesis que iban desgranando el lema propuesto para la JMJ : “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Catequesis que se impartían por obispos venidos de todo el mundo. La gente se tenía que desplazar, sufrir colas, calor y cansancio acumulado… pero ahí estábamos. Los jóvenes se mueven mucho, el mundo de hoy es global. La catolicidad de la Iglesia que la acompaña desde que nació se ha hecho visible nuevamente de manera pacífica, sin incidentes. Para mí es la imagen viva de que se puede ser joven y católico a la vez.

El mensaje de Benedicto XVI que todos hemos podido escuchar ya está accesible para leerlo con calma y profundizarlo. Encierra profundidad y verdad ; se entiende. Se entiende cuando habla de la búsqueda de la Verdad, de no avergonzarnos de ser testigos de Cristo, de que hay que transmitir la fe. El mundo necesita del testimonio de los cristianos. Apeló a los jóvenes a compartir el sufrimiento humano y ser signos de consuelo. Esto último lo dijo en el Vía Crucis celebrado en pleno centro de Madrid. Ahí estaban la Pasión de Cristo representada con la belleza de unos “pasos” hechura de manos humanas. El Vía Crucis fue un encuentro con lo bueno, lo bello y lo verdadero de la vida. Vida no siempre fácil y sencilla ; pero siempre Vida.

Su mensaje no son meras consignas, ni eslóganes publicitarios nacidos de un buen hacer literarios. Emanan de toda una vida dedicada a las “cosas del Padre”. Doy gracias porque el Papa me parece una persona que no finge su cara sonriente y sus brazos abiertos para acoger a todos. Me llamó profundamente la atención su delicadeza de permanecer en la Vigilia a pesar del mal tiempo, su preocupación por cómo habíamos pasado la noche en Cuatro Vientos. Me gusta su humor sencillo, y su ternura al acariciar a los niños. Cuando el Papa propone la fe y el amor ; la verdad y la búsqueda de Cristo y de que no nos conformemos con otras cosas sin importancia, propone un camino para un hoy que no es fácil, pero que es el nuestro. Estos días de JMJ la esperanza se ha dejado ver por las calles de Madrid.

“Hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación vendrán a postrarse en tu presencia, Señor”. Eso era la explanada de Cuatro Vientos, banderas en alto para recibir al sucesor de Pedro. Sólo el Señor sabe lo que esta JMJ ha dejado en el corazón de cada joven que ha participado… Sólo el Señor conoce los frutos. La semilla esté echada, toca acoger la Palabra del que ha venido en Nombre del Señor, y con fe confiar en que la Iglesia la construimos entre todos. Y que este mundo necesita el consuelo, la alegría y la paz de cada uno de nosotros.

Terminó con el recuerdo vivo dentro de mi memoria del silencio de la adoración del sábado noche. ¿Quién puede hacer enmudecer a un millón y medio de personas ? El Señor. Sólo él.

Gracias porque la Asunción, como Iglesia, también ha participado de esta fiesta de la fe tal y como Santa María Eugenia quiso siempre.

Ana Alonso,
juniora de la Provincia de España



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