Domingo del tiempo ordinario

Année liturgique 2013-2014 [A]

La antífona de entrada que da comienzo a la Eucaristía de este domingo dice : El Señor fue mi apoyo : me sacó a un lugar espacioso, me libró, porque me amaba (Sl 17,19-20). Pidamos al Señor que su Espíritu nos acompañe para hacer verdadera experiencia del amor liberador de preocupaciones que nos distraen del momento presente.

Una vez más la Pablara de Dios es bálsamo para nuestra vida cotidiana. Hoy somos invitados a vivir a la luz de esta Palabra y depositar en sus manos todas nuestras componendas, agobios y planes de futuro. El Evangelio de hoy empieza sin ambages y de manera contundente : no podemos servir al Señor y a don dinero. Dios pide unicidad. Lo sabemos tal y cómo lo sabía también el Pueblo de Israel. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Dt 6,4). Dios pide la exclusividad del señorío de nuestro corazón. O Él, o las cosas.

Jesús mismo es el que nos está hablando, nos dice que no estemos agobiados por la vida pensando en la satisfacción de nuestras necesidades más básicas. Insiste, dos veces, en que no estemos angustiados por la comida y la bebida. Tres veces Jesús nos pide que no andemos inquietos por nuestro vestido. El antídoto que propone para tratar de calmar nuestras preocupaciones es la contemplación. Nos pide que miremos a los pájaros. Nos pide que posemos nuestros ojos sobre los lirios y la hierba. Posar nuestra mirada en la naturaleza creada por el Señor, justo ahora que la primavera está empezando a despuntar, puede ser un buen motivo para exclamar junto con el salmista : sólo en Dios descansa mi alma (Sl 61). Y también : alma mía recobra tu calma que el Señor fue bueno contigo (Sl 114). Sabemos que el Señor se ocupa de toda la creación (Sl 104), pero sabemos que nosotros fuimos creados a imagen suya. (Gn 1,27). Jesús nos recuerda que nosotros valemos más que las aves y las flores. Somos preciosos y valiosos para nuestro Padre celestial. El Padre nunca nos olvida, la primera lectura de hoy así nos lo recalca (Is 49,14-15) y nuestro Dios no se desdice a sí mismo.

Debemos pedir al Señor que nos conceda un corazón centrado en el momento presente para no perdernos en vanas preocupaciones. Jesús nos regala una Palabra y su Pan para cada día, además sabemos que Él vela, que ve las penas y los trabajos y los toma en sus manos (Sl 10,14). El agobio nunca debe anegar la ocupación : el discípulo de Jesús debe confiar en la providencia como si todo dependiera de Dios y, a la vez, debe entregase a su tarea y trabajo como si todo dependiera de sus posibilidades (1 Ts 4,10).

La contemplación no es pasividad, hay que buscar. Es una búsqueda que aspira a encontrar el Reino de Dios. Volviendo a la imagen de los pájaros, ellos buscan continuamente su alimento. Buscar a Dios en medio de lo cotidiano de nuestro quehacer y su justicia, la que es propia de Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro, que se manifiesta justo, fiel, compasivo y misericordioso. En un segundo momento Jesús nos pide que revisemos nuestra verdadera relación con Dios. Donde está Dios no caben ambiciones o prestigios. No cabe el servir a señores que perecen. Jesús pretende hacer entender que sólo Dios es digno de nuestra confianza y de nuestro abandono. Con una infinita confianza.

La Palabra de hoy puede hablar con fuerza a nuestro mundo ; un mundo lleno de agobios y preocupaciones. Donde el futuro se presenta, a veces, con escepticismo en lugar de regalo de Dios. Pidamos que la Palabra nos centre el corazón, el nuestro y el de tantos hermanos que viven angustiados, en el hoy, para no perdernos los signos del Reino que ya están presentes. Ojalá a la luz del rostro del Hijo podamos vivir con Él y como Él esa confianza filial sabiendo que cada día tiene su propio afán y que si el Señor no construye su casa en vano nos cansamos nosotros.

Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca, España


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