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Domingo de Pentecostés - Sr. Ana Alonso

Année liturgique 2015-2016 [C]


Hoy día de Pentecostés vamos a invocar el don del Espíritu y lo hacemos desde la oración de la Secuencia, el himno más antiguo al Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre ;
don, en tus dones espléndido ;
luz que penetra las almas ;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro ;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos ;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito ;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén
.


El texto del Evangelio nos sitúa al atardecer, ese punto del día donde los hombres han terminado sus faenas esas a las que han salido al amanecer. La luz del sol está declinando y la noche empieza a aparecer. En ese momento del día los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas. El miedo que los dominaba de forma interna había pasado a teñir sus formas de actuación. Estaban encerrados, con los cerrojos de las puertas echados, el miedo les había paralizado. En este punto podemos recordar cuando Jesús está a la puerta llamando (Ap 3,20) Ahora es Jesús el que literalmente irrumpe en la estancia. Y el medio se disipa, su Presencia es la que disipa las dudas. El saludo “la paz esté con vosotros”, y cuando les mostró sus manos y el costado se les abrió el entendimiento. La voz del Maestro y las marcas de su muerte en la cruz hacen que lo reconozcan. Lo reconocieron igual que los que iban a Emaús, igual que María la Magdalena ; también como Pedro y el resto, en las orillas del lago. El ver al Señor les produce alegría. Con la secuencia es la luz que penetra hasta el fondo del alma y es fuente del mayor consuelo. Les vuelve a decir que la paz sea con ellos. La paz, en el sentido hebreo del término, es un don completo, es decir, cuando uno tiene salud, provisión y estamos libres de cualquier temor sentimos paz.


Luego, el texto entra en otro punto álgido y encontramos en el pasaje a la Santa Trinidad. Jesús ha sido enviado por el Padre y el mismo envía (Jn 17,25). La misión no se detiene, Jesús recibe y da. Mediador entre Dios y los hombres. A continuación les envía su Soplo, como en el salmo 103 “envías tu aliento y los creas”. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con barro de la tierra y luego sopló sobre él su aliento de vida. Y es lo que descubrimos a continuación. Con el Espíritu que reciben pueden perdonar los pecados. De nuevo con la Secuencia : “mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”. En este año santo de la Misericordia y desde el libro del Cardenal Kasper, La Misericordia, entendemos que el “perdón es un nuevo comienzo creador, no derivable del modo intramundano. En la medida en que perdonamos y nos reconciliamos hacemos algo que nosotros no podemos hacer, que no está a nuestra disposición y por lo tanto debe ser donado”. El Espíritu Santo, don del Resucitado. La Trinidad presente desde siempre en la historia de salvación.


Hoy día de Pentecostés nos podemos detener, en oración agradecida, en las veces que hemos podido experimentar los dones del Espíritu Santo : animando, fortaleciendo y fecundando nuestras vidas ; y el don de la paz y de la Presencia del Señor en medio de la comunidad. Un don que disipa dudas y descerraja miedos. Oremos por las distintas comunidades a las que pertenecemos y nos hacen crecer como Hijos de Dios, porque tanto la paz como el Espíritu son recibidos en comunidad y benefician a la comunidad.


Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos ;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito ;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.


Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca



Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

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