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Domingo XXXII. Dios es un Dios de vivos porque para El todos viven

Année liturgique 2018-2019 [C]
El segundo libro de los Macabeos (s. II a.d.C.) relata las persecuciones religiosas padecidas por los judíos en el reinado de los sucesores de Alejandro Magno. Es el primer libro de la Biblia que menciona explícitamente la fe en la resurrección de los justos. No era posible no creer en el cumplimiento de las promesas hechas al pueblo de Dios que sufre por su fe. La fe en la resurrección sostiene a estos mártires en su testimonio sellado con su sangre.
La esperanza de los creyentes del A.T. en la vida futura y en la resurrección se acrisola en el tiempo de la persecución. El Señor es un Dios de Vida. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para El todos viven. Es el Dios de la vida presente y futura. Un Dios de vivos para vivos. 
Esta certeza esperanzada de plenitud de vida divina se expresa también en el Salmo 46 : Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor. Este salmo es un Himno a Dios Creador de todo lo que existe : Es el Dios de la vida. 
En la segunda Carta de Pablo a los Tesalonicenses, Pablo nos da algunas enseñanzas sobre el retorno del Señor y la resurrección de los muertos tomando distancia de la idea corriente entonces, de que el fin del mundo estaba cercano. Pablo insiste, por el contrario, sobre el sentido de la fe en la victoria definitiva que Cristo da a la vida presente. La existencia está en tensión hacia su término glorioso. Más allá de las dificultades provocadas por los adversarios de la Iglesia, Cristo nos espera. 
En el Evangelio de este domingo Jesús anuncia una VIDA que no es una mera supervivencia sino un renacimiento o un acceso a otro nivel de la realidad. “Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la muerte. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos tratan de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel… Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrena y esa vida plena, sostenida directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa vida es absolutamente nueva. Por eso la podemos esperar, pero nunca describir o explicar. Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la “vida eterna”. Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que “ni el ojo vio, ni el oído nunca oyó, ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado para los que le aman.”
El cielo es una novedad que está más allá de cualquier experiencia terrena, pero, por otra, es una vida “preparada” por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios”. (Cfr. José Antonio Pagola, El camino abierto por Jesús, Ed. PPC, p. 309)
 
Sr Cristina María, r.a.
Santa Isabel, Madrid
 

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