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Domingo XXX del tiempo ordinario - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2017-2018 [B]


Con esta invocación al Espíritu pedimos que el Espíritu resplandezca sobre nosotros y confirme nuestro corazón para entender su Palabra que actúa en la historia.


Un poco de contexto para entender al autor de la primera lectura. Jeremías significa Yahvé exalta. Aparece como "hijo de Releías, del linaje de los sacerdotes que habitaban en Anatot" la actual Anata, a unos cuatro kilómetros al nordeste de Jerusalén, camino del desierto, que era también la patria del sumo sacerdote Abiatar. Su vida fue muy agitada, sufrió los vaivenes de la política después de la muerte del rey Josías. La mayor parte de los oráculos de este profeta son una lectura de la historia de Dios con su pueblo, ya que es en la historia donde actúa la salvación de Dios. El texto que vamos a rezar pertenece al capítulo 31. Este capítulo y el 30 forman un aparte, son como un libro independiente, como pasa en el Segundo Isaías con el libro de la consolación. 


El pasaje comienza invitando a la alabanza, una alabanza cargada de hurras y gritos. Algarabía porque Dios sigue cumpliendo su promesa. Dios se presenta como el Salvador de su pueblo, del resto de Israel. De ese resto, de lo pequeño, brota un renuevo lleno de esperanza. Un pueblo recogido de todos los confines de la tierra. Que el plan del Señor subsiste de edad en edad (Salmo 33,11) está también plasmado en este texto. La voluntad salvífica de Dios no se esconde, queda clara, la indica cuando dice “voy a traerlos”. Nos podemos fijar en los detalles de cuidado que hay por parte de Dios cuando menciona “los recogeré”. Para recoger a alguien hay que ir a buscarlo, esperarlo, atenderlo y hacer de anfitrión. Además, el Señor nos sigue diciendo que tendrá que ir lejos. Los que vuelven, los que va a recoger, son cojos y ciegos, sus condiciones no parecen, a simple vista, las mejores para un viaje, requieren que se les cuide, que se les guie, que se les espere. Requiere que el anfitrión adecue su paso al paso de los cojos, los ciegos, y al de las mujeres que van o han dado a luz. Todos están llamados a la esperanza que encierra la Nueva Alianza. Aparecen más rasgos de Dios como anfitrión en el camino de vuelta. Es un camino que es llano, donde hay agua (Salmo 22) y consuelo. Si nos preguntamos por qué Dios actúa así es porque Dios es Padre. Igual que en Jesús, que Dios es el Padre que lo envía al mundo para seguir trayendo la salvación.


Para terminar la oración y con el salmista rezamos el salmo 125 también propuesto para la liturgia de este domingo. El Salmo, igual que el texto de Jeremías, nos introduce en un momento de júbilo. La reacción ante la libertad recuperada es doble ; las naciones paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel y por otro la salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba de que Dios está presente y activo en la historia. El pueblo, todos, profesan su fe en el Señor que salva. El pensamiento vuelve al pasado, dejando un recuerdo de estremecimiento, de miedo y amargura. Bajo el peso del trabajo, a veces, el rostro se cubre de lágrimas. El trabajo puede ser fatigoso y no sabemos qué fruto se va a obtener. Pero, cuando llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que el dolor, las lágrimas, han sido fecundas. En este salmo igual que en el pasaje de Jeremías se condensa el misterio de fecundidad y de vida que puede albergar el sufrimiento pasado. 


Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar :
La boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.
Hasta los gentiles decían :
« El Señor ha estado grande con ellos. »
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando,
llevando la semilla ;
Al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.


Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca - España



Primera Lectura del libro de Jeremías 31,7-9

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