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Domingo XXII del tiempo ordinario - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2018-2019 [C]
Una buena parte del mundo está a punto de terminar este período de descanso y de vacaciones. La vuelta al trabajo, a los quehaceres cotidianos se vuelve para muchos de nosotros nuestra realidad más inmediata. Que el Espíritu Santo con su don de sabiduría nos asista para entender que significa hoy la virtud de la humildad en la vuelta a nuestra labor habitual. 
Detengamos nuestra mirada a pensar con tiempo en nuestros asuntos, en esa parcela de Reino que nos ha sido confiada y en la que nos hacemos colaboradores del Señor. 
El libro de Eclesiástico nos dice que procedamos, que actuemos, con humildad. Y ¿Qué es la humildad ? Para Santa Teresa de Jesús “la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada ; y quien esto no entiende, anda en mentira.” (VI Moradas 10,7). 
La lectura nos exhorta a la pequeñez, a hacernos pequeños en las grandezas humanas y así alcanzaremos el favor de Dios. La Sagrada Escritura y la Tradición Cristiana tienen muchos ejemplos de hombres y mujeres que nos han precedido en el camino de fe y de seguimiento que han hecho de la pequeñez y del abajamiento sus sellos de identidad. María, la madre del Hijo, canta y ensalza en el Magníficat (Lc 1, 46-55) la pequeñez : “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes". Todo el canto del Magníficat corrobora que la misericordia de Dios es grande y que revela sus secretos a los humildes. 
Un buen camino para no envanecernos en nosotros mismos es la escucha, así se nos insiste en esta primera lectura. El humilde es la persona que conoce sus límites y posee una mansedumbre y ternura ajena a la agresividad propia del soberbio que impone su criterio. El humilde, igualmente, sabe que no lo sabe todo y que la escucha le capacita para seguir conociendo más allá de sí mismo.
La primera lectura y el elogio que en ella se hace de la humildad prepara nuestro corazón para el Evangelio de este domingo. En el banquete del Reino de Dios no vale poner en juego la carta de la falsa humildad porque queda al descubierto. Jesús con su vida optó siempre por ser el último, el siervo y el servidor. En la carta a los Filipenses, en el himno Cristológico que rezamos en todos los sábados en las vísperas, san Pablo describe a Jesús : "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios ; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Y se rebajó hasta la muerte y una muerte de cruz" (Flp 2,6-8). 
Que nuestra oración iluminada con el Espíritu Santo nos ayude a pedir para nosotros mismos la humildad, es un don de Dios que no nos podemos cansar de pedir para que nos ayude en el desempeño de nuestra misión, en la vivencia de nuestro día a día, en nuestras relaciones y en el servicio a nuestros hermanos. Sabedores de nuestras fuerzas y debilidades, criaturas queridas por Dios, que cuenta con nosotros para extender su Reino. 


Ana Alonso, r.a.

Asunción Cuestablanca


 


Foto : La Virgen de la Humildad. Fra Angelico (Fra Giovanni da Fiesole). Colección Thyssen-Bornemisza, en depósito en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC)


 

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