Domingo XIV del tiempo ordinario - Sr. Cristina Maria

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Alégrate, mira a tu Rey que viene a ti…

Tras el tiempo pascual y las solemnidades siguientes a Pentecostés, volvemos a los domingos del tiempo ordinario, a las lecturas del ciclo A, y al Evangelio de Mateo. Y tras la contemplación de la maravillosa y grandiosa obra de salvación que Dios Padre llevó a cabo en la “plenitud de los tiempos” junto al Espíritu y a través de su Hijo, el Señor Jesús, nos encontramos hoy ante la paradoja del misterio de humildad que es Dios mismo.

El Segundo Zacarías se dirige a su pueblo decepcionado por la falta de perspectiva de la restauración de la monarquía davídica. Y le habla en términos de esperanza y le invita a la alegría : Alégrate, canta, mira a tu rey que viene a ti… Que viene a ti : Dios viene a nosotros como el verdadero rey. No viene como un rey dominador sino como un rey justo, modesto, pacífico, trayendo una paz para todas las naciones, no solo para Israel. Y viene montado en un animal pacífico, el asno, no en un caballo de guerra, altanero y dominador.
 
El Señor viene a ti, a cada uno de nosotros, a todos los pueblos. Y viene dándonos la imagen de un Dios que no impone. Ni impone la justicia porque Él mismo es el Justo. No impone la paz porque Él mismo es nuestra paz, y no viene para unos pocos sino para todos los pueblos, de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.
 
Por eso cantamos con el Salmo 144 : Te ensalzaré, Dios mío, mi rey. Un rey clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, bueno y cariñoso con todos, que bendice a todas sus criaturas y al que todas sus criaturas le bendicen, le alaban : Que todas tus criaturas te bendigan, Señor.
 
Y este Dios, esta imagen de Dios, Jesús la hace suya en el Evangelio. Da gracias al Padre porque son a los de corazón sencillo a los que Él ha querido revelarse. Y éstos han acogido su revelación. Para los pobres y sencillos Dios viene humildemente en su Hijo Jesús, y con ese corazón sencillo y humilde, como el de Dios, le acogen. Y, sigue diciendo el Evangelio, Jesús no es solamente revelador del amor entrañable de Dios, sino que es descanso, sosiego, paz. Acoger su palabra y hacerla nuestra no será una carga pesada sino una carga ligera. Lo que hace ligeras las realidades que vivimos es el amor sencillo y humilde, como el de Dios, con el que las acogemos y las vivimos.
 
Esa experiencia de un Dios que es sereno, que no es una carga sino que aligera la nuestra, es también una invitación a cargar con su yugo, es decir, a trabajar con Él, “a dos”, mano a mano, en la transformación de un mundo donde el Dios justo, modesto, pacífico vaya impregnando todas las realidades y cambiándolas en justicia, sencillez, verdad y paz.
 
El mensaje de la Palabra de este domingo no es difícil de comprender, es quizá mas difícil de acoger. Se nos invita a contemplar el rostro interior de Jesús, del Padre ; y si esta contemplación nos lleva a la acogida de la Palabra entonces entraremos en el verdadero conocimiento de Dios, no en un conocimiento nocional sino en una relación vital. Una relación guiada por el Espíritu que, a su vez, nos llevará a renacer a una nueva vida. Entraremos en el ámbito de Dios y viviremos a Dios como la fuente de nuestra alegría, como Jesús lo vivió. Dice el texto de Lucas : “En aquel momento, Jesús lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo : Yo te alabo, Padre…” Que Dios sea la fuente de nuestra alegría.
 
Cristina María, r.a.
Málaga

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