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Domingo III del tiempo pascal - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2017-2018 [B]


Ante este tercer domingo de Pascua y ante este texto de Lucas podemos pedir y hacer nuestra la petición que encontramos en el versículo de antes del Evangelio “Señor Jesús, explícanos las Escrituras ; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas”.


Una vez más cuando leemos al evangelista Lucas aparece ante nosotros el camino. Los discípulos que actúan de narradores son los de Emaús. Ellos como buenos testigos dan testimonio de su experiencia acontecida en el camino de vuelta de Jerusalén. Están evangelizando, compartiendo la Buena Noticia con sus compañeros. A su experiencia vivida por y en el camino añaden un dato de vital importancia para toda la comunidad. Habían reconocido al Señor al partir el pan. Un gesto cotidiano pero que ellos habían vivido en un contexto de cena de despedida y acción de gracias. Cuando lo volvieron a ver, su corazón y sus ojos interpretaron y reconocieron que ese gesto sólo podía ser del Señor. El dato de compartir y partir el pan había creado comunidad. No es un gesto baladí está impregnado de significado en cada Eucaristía. Sigue siendo central, tanto tiempo después, en la vida de todo creyente.


Y en medio de esa conversación el Señor se les aparece, les saluda y les entrega la paz. No es una paz cualquiera es la paz de Dios. Shalom es la palabra hebrea que significa mucho más que un simple deseo de paz o de una ausencia de conflicto o de lucha. Shalom es una palabra de acción que expresa la intención de Dios para nuestra vida.


Jesús, buen conocedor de sus seguidores, ve que se turban y que albergan dudas en su corazón. Y como buen Maestro comienza a mostrarle evidencias. Les pide que miren sus pies y sus manos. Les conmina a mirarlo. Les invita a que lo palpen. El cuerpo de Jesús, el Verbo Encarnado, se deja tocar. Pero la enseñanza no acaba aquí, pasan de la angustia inicial a la alegría y en medio de esa alegría, Jesús les pide algo de comer. Y sus amigos le ofrecen pescado. Un fantasma no puede comer. Esta es la última prueba necesaria para los discípulos. Es bueno que en esta escena nos fijemos en todos los detalles de amistad, de enseñanza, de querer disipar dudas, de ternura, de cotidianidad que hay en este pasaje del Evangelio.


Podemos seguir fijando nuestros ojos en la forma que tiene Jesús de enseñar. Les recuerda que todo lo que Él ha pasado ha sido para cumplir la Escritura. Jesús les abrió la mente para que pudieran entender cómo se referían a él todos textos de la Ley los Profetas. Es a la luz de Jesús resucitado que la Escritura adquiere plenitud y sentido.


El final de esta perícopa contiene la afirmación que Jesús con su enseñanza, al mostrar su cuerpo llagado y resucitado y en la comida convierte a sus compañeros en testigos. Un testigo lo es desde el momento que testimonia su fe con obras y palabras. Estos primeros testigos forman parte de esa gran nube de testigos que ha asentado y extendido nuestra fe. Poco a poco, el mensaje se fue alejando de Jerusalén para ir llegando a todos los confines de la tierra.


En la oración debemos dar gracias por los gestos en los que reconocemos a Jesús y podemos pedir al Señor que su luz nos alumbre en nuestro ser testigos creyentes de un Dios que llama a la Vida e invita a vivir en plenitud. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo. El testigo es uno que ha cambiado de vida porque sabe que una mano amorosa de compañero conduce sus pasos.


Nuestra oración puede terminar con el salmo 122 para que al igual que Jesús les desea a sus discípulos paz en este momento de temor y duda. Somos llamados a desear esta misma bendición de paz a todos aquellos que forman parte de nuestro día a día.


¡Qué alegría cuando me dijeron : ¡Vamos a la casa del Señor ! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. ¡Jerusalén !, construida como ciudad bien unida y compacta, adonde suben las tribus, las tribus del Señor ; según la costumbre de Israel, a dar gracias al Nombre del Señor.
Allí reside el tribunal de justicia, el tribunal del palacio de David. Saludad con la paz a Jerusalén : Vivan tranquilos tus amigos ; haya paz en tus murallas, tranquilidad en tus palacios.
Por mis hermanos y compañeros pido la paz para ti. Por la casa del Señor nuestro Dios te deseo todo bien.


Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca- Casita



Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48

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