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domingo del tiempo ordinario - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2013-2014 [A]

Para comenzar este rato de oración, donde deseamos que la Palabra de Dios sea lámpara para nuestros pasos, invoquemos el don del Espíritu Santo. Este don nos puede hoy guiar para reconocer a Jesús, el Cristo, a través del testimonio de los otros.

El relato del evangelio nos presenta que es Juan el que informa y cuenta sobre Jesús. Y no sólo lo hace en el pasaje que estamos meditando ; en los versículos anteriores deja claro varias afirmaciones. Juan no es el Cristo. No es Elías. A la pregunta de los enviados por los fariseos de por qué bautiza si no es el Cristo, ni Elías, ni el profeta Juan responde contundente que su bautismo es de agua, de iniciación, de purificación. Pero que vendrá Uno que es diferente y las negaciones de Juan sobre su persona acentúan lo específico del que vendrá. A ese que viene, Juan no se considera ni digno de desatarle la sandalia. Este detalle pone de relieve la grandeza de Jesús y la humildad de Juan. Todo esto sucedía en Betania y al día siguiente Jesús, según el relato bíblico, entra en escena. A partir de aquí podemos fijarnos en cómo la voz (Jn 1,23) da cuenta de Jesús, la Palabra de Dios.

Nada más ver a Jesús, Juan ya empieza a definirlo como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¿Qué importancia tiene el cordero ? en el libro del Apocalipsis en 7,17 el Cordero es el Pastor de los pueblos ; en 17,14 el Cordero destruye los poderes malvados de la tierra. En tiempos de Jesús se creía que, al final de la historia aparecería un cordero victorioso o destructor de las potencias del pecado, de las injusticias, del mal. En el libro del profeta Isaías (53,4) se dice que el Siervo carga los pecados de muchos. Jesús con su muerte destruye el pecado. Jesús, el Cristo aparece como el que se ofrece libremente y por amor para destruir el pecado del mundo. Al estar leyendo un pasaje del evangelio de Juan no podemos ignorar la importancia del cordero pascual. De hecho en Juan 19,14 se dice que Jesús fue condenado a muerte al mediodía de la vigilia de la Pascua, o sea, en el momento en el que los sacerdotes comenzaban a sacrificar los corderos pascuales en el Templo para la fiesta de la Pascua. Desde muy pronto, en la tradición cristiana, se empezó a comparar a Jesús con el cordero pascual : “Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado” (1Cor 5,7). Juan también reconoce la existencia de Jesús desde el Principio (Jn 1,1). La vida de Jesús es eterna.

Otra afirmación de Juan sobre Jesús cuenta también con un importante símbolo. El Espíritu bajaba como una paloma sobre Jesús y se quedaba con él. La paloma también nos recuerda la nueva creación, el nuevo tiempo, cuando cesó el diluvio y Noé conoció que habían menguado las aguas (Gn 8,11).La paloma también simboliza el amor del Padre que se establece en Jesús de manera permanente y reconoce que ese Hijo es el Hijo de su amor (Lc 3,22). La expresión “como paloma” deja claro que el Espíritu Santo desciende y se queda con el Hijo. El testimonio de Juan nos está señalando a Jesús, el portador del Espíritu, el portador del Dador de Vida. Se llena de este don y luego lo dará en el bautismo. El bautismo está consagrando, ungiendo a Jesús, para la misión de salvación de todos y cada uno de los hombres.

Es curioso ver en este pasaje como Jesucristo no habla, es Juan quien lo dice todo. Es Juan el que pinta maravillosamente al Salvador.

Para terminar, podemos dar gracias por todos aquellos testigos leales de la Palabra, que, como Juan, han sido voz de la misma. También por todos aquellos seguidores que nos han precedido en el camino de fe y nos han mostrado y señalado a Jesús. A la luz de esta Palabra podemos pedir valentía y alegría para anunciar a Jesús como testigos suyos que somos. Es el don del Espíritu, don que debemos agradecer porque es el que dentro de nosotros nos permite llamar a Dios Padre. En cada Eucaristía, una vez que el pan y el vino han sido consagrados son mostrados a la asamblea por el sacerdote y esta responde : Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Demos gracias por la infinita bondad del Hijo que se ofrece por cada uno de nosotros y su salvación alcanza hasta el confín de la tierra.

Ana Alonso, r.a
Asunción Cuestablanca


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