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domingo del tiempo ordinario - Sr Camino Lescún

Année liturgique 2012-2013 [C]

Acoger en el agradecimiento el don de ser creados a imagen de Dios

En estos últimos domingos, recorremos con Jesús el camino de subida a Jerusalén, tal como se nos recuerda al principio del evangelio de hoy. Jesús camina con paso decidido hacia el lugar donde se manifestará la gloria de Dios, pero también donde tendrá que entregar su vida para mostrar el ser más profundo de Dios.

El domingo pasado se nos hablaba de la importancia de tener fe, al menos como un grano de mostaza, y de nuestro ser siervos inútiles, haciendo simplemente lo que debemos. El evangelio de hoy es continuación de aquel.

Lucas, poco amigo de referencias geográficas, nos sitúa a Jesús claramente esta vez, camino de Jerusalén, pasando entre Samaria y Galilea. Dos regiones limítrofes, pero enfrentadas desde hace tiempo. Sin embargo hay algo que les une, que tienen en común : la lepra afecta a todos por igual, sin distinguir razas, naciones…

La lepra afecta a nuestra imagen exterior, y, en el fondo, todos estamos afectados de ella. Queremos tener una imagen perfecta, que agrade a todo el que nos vea, sin mancha ni señal que deje entrever lo que llevamos por dentro. No obstante, tenemos que rendirnos a la evidencia de que eso no siempre es así, y aceptar en nuestro rostro las marcas que van dejando el tiempo y la vida. Así se sentían esos leprosos, pero hasta tal punto, que estaban excluidos de la vida social, de toda relación fuera de la que tenían entre ellos.

Estos leprosos han oído hablar de Jesús, aunque saben por las Escrituras que sólo Dios puede restablecerles y devolverles a la vida en plenitud. Se quedan lejos, no se atreven a acercarse por temor a sentirse rechazados, como tantas otras veces les ha ocurrido. Gritan… el grito es lo último que le queda al excluido, al marginado. Piden un poco de compasión, ésa que tantos les han negado, y reconocen en Jesús a un maestro.

Jesús responde a tal apelativo, y, como maestro conocedor de las Escrituras y las leyes, les envía al sacerdote, aquel que tiene que atestiguar su sanación para ser de nuevo admitidos en la vida del pueblo judío (Lv 13). Se nos hablaba el domingo pasado de la importancia de la fe ; estos leprosos la tienen. Antes incluso de ser curados se ponen en camino seguros de su futura sanación. Muchos nos dicen de palabra cuál es el camino para “limpiar nuestra imagen”, para embellecer nuestro rostro. Y nosotros intentamos muchas veces seguir esa vía.

Continúa el texto diciéndonos que por el camino quedaron limpios. Y como el mismo Jesús les había mandado, continúan yendo hacia el santuario. Sólo uno de ellos se vuelve ante el milagro, ante lo esperado e inesperado, ante la gracia desbordante. Sólo uno sabe reconocer dónde se encuentra verdaderamente Dios. Los otros van a buscarle “donde siempre”. Quizás porque era samaritano, estaba libre de muchos prejuicios, y no tenía que aparentar más, no tenía que cuidar su imagen.

Se nos dice que se postró a los pies de Jesús dando gloria a Dios, y dándole gracias. En ese momento, ante el reconocimiento del samaritano de Jesús como verdadero Dios, Éste le devuelve a la vida plena : levántate, tu fe te ha salvado.

La verdadera fe no es aquella que nos hace confesar de palabra quién es el maestro y dónde mora Dios, sino aquella que nos hace reconocer una Presencia que penetra nuestra realidad, que nos pone en pie y nos da una imagen nueva, aquella del Hijo que camina hacia Jerusalén, donde, exteriormente, será desfigurado, pero manifestará el ser más profundo de Dios, su gloria.

Volvamos de nuevo nuestra mirada a Él, y dejémonos mirar por Jesús. Que Él sea quien nos transforme desde dentro para seguir conformándonos a su imagen y semejanza, y que nos ayude a tener esa mirada sobre los otros ; una mirada que sabe reconocer en el otro un Hijo de Dios, por encima y gracias a las marcas de su rostro. Tanto don recibido sólo puede ser acogido en el agradecimiento y urge a ser entregado a su tiempo.

Sr. Camino Lescún
Espana


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