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domingo del tiempo ordinario - Sr. Ana Alonso

Année liturgique 2012-2013 [C]

El Evangelio de hoy se encuadra dentro del capítulo 16 de Lucas que está dedicado a hablar de las riquezas y del peligro que tiene ser rico. Jesús se está dirigiendo a los fariseos “que son amigos del dinero” y esta parábola está enmarcada en la afirmación “de que no se puede servir a Dios y al dinero”. Algunos comentadores de este texto señalan que Jesús elaboró esta enseñanza sobre una antigua historia egipcia y sobre una narración rabínica en que contraponía un rico saduceo y un pobre fariseo. Recordar también que el evangelio de Lucas subraya mucho que Jesús fue muy sensible con el dolor ajeno : tuvo compasión de la viuda de Naím, de la pecadora pública, de todos los enfermos…

La descripción del rico se hace con mucha maestría : ricos vestidos, ritmo de vida ya que celebraba fiestas todos los días de lo que podemos colegir que tendría una gran casa apta para recibir. Del rico no conocemos su nombre, del pobre si, Lázaro. Este también es descrito como alguien que vive en la calle, concretamente en el portal. Está cubierto de llagas y los perros se las lamen. La imagen descrita nos muestra la profunda indigencia de Lázaro. Sólo, hambriento, enfermo, sin otra compañía que los animales que parece que se aprovechan de su estado. Lázaro deseaba hartarse de las migajas de la opulencia del rico. De los desperdicios de uno, el otro podría vivir. Nuevamente la desigualdad de la realidad aflora en el relato evangélico.

Este pasaje combina muy bien la vida presente y la elección que en ella podemos hacer por Dios y su reino. Estas elecciones hechas a favor de las propuestas de Jesús condicionan la vida eterna. En Mateo 25 están muy bien explicitadas estas propuestas. Lázaro es el símbolo de todos los pobres y pequeños de la tierra. La compasión y la misericordia hacia los anawin (palabra hebrea que significa los pobres que depositan toda su confianza en Dios) son el examen de amor en el atardecer de nuestras vidas.

La muerte pone fin a los días del rico que va al Hades, al sheol, y de Lázaro que es conducido por ángeles al seno de Abrahán. El salmo 112, 7-9 declara una vez más que la fidelidad de Dios a su Palabra es inquebrantable. Lázaro es levantado del polvo y es sentado con los príncipes de su pueblo. La fidelidad de Dios a su alianza y a la misericordia que esta entraña también está reflejada en la parábola (Lc 1, 54-55). El rico a lo largo de su vida se había encerrado sobre su ser, no mirando nada ni a nadie más ; es despedido con las manos vacías, está desterrado de la cercanía a Dios por su soberbia (Lc 1, 51-53). Es ese destierro el rico levanta los ojos y ve a lo lejos a Lázaro. Los dos personajes de este texto aparecen ahora separados por la máxima distancia. Anteriormente la cercanía entre ellos era muy próxima, ya que literalmente Lázaro vivía a la puerta del rico. Pero el pecado del rico fue de omisión, no miraba a su alrededor. Su corazón estaba instalado en la opulencia y eso cegaba sus ojos. Era totalmente insensible al dolor del prójimo. Ahora es él que siente sed y tormentos, por eso suplica que se le ayude ; pero no nos podemos acordar de los hermanos sólo para nuestro propio provecho y beneficio. En esta segunda parte del texto es interesante ver como el rico habla con Abrahán y le llama “padre”. Abrahán le responde con el sustantivo de “hijo”. A pesar de estar en el sheol no ha perdido su condición de hijo.

El rico quiere mandar aviso a sus hermanos, ahora parece que ya no se ocupa más de sí mismo, para que no terminen sus días en el mismo lugar de tormento donde él está ahora. Abrahán responde que tienen la Ley y los profetas, que los escuchen. Que escuchen la Palabra y la pongan en práctica. La ley está jalonada de mandatos que tienen en cuenta a los que sufren y a los que menos tienen (Lv 19,10, Dt 24,27).

El texto no crítica a los ricos, sino la disposición y manejo de las riquezas propias. Poner las riquezas propias a disposición de los necesitados nos recuerda que todos somos administradores de los dones recibidos. Pidamos al Señor que nuestro corazón sea pobre y de esta manera esté abierto a la contemplación de los que nos rodean. Que nos demos cuenta que no nos construimos solos y que para nuestra salvación presente y futura necesitamos preocuparnos y ocuparnos de nuestros prójimos. El papa Francisco ha recordado recientemente que no debemos instrumentalizar a los pobres sino servirlos con caridad y humildad. Que la abundancia no anule la solidaridad hacia los hermanos que son cercanos a nosotros. Pidamos al Señor de corazón que sea la fuerza de Jesús y el situarnos como seguidores suyos y no nuestro sólo sentimiento, el que nos haga sentirnos próximos de los desamparados.

Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca - España


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