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domingo del tiempo ordinario - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2012-2013 [C]

Invoquemos al Espíritu Santo para que hoy nos infunda calor de vida en el hielo y dome al espíritu indómito. Pidamos al Señor que nuestro corazón sea tierra buena que acoja la Palabra para hacerla germinar con su gracia.

Seguimos leyendo un capítulo del evangelio de Lucas, ambientado en el tema de la espera, donde también aparecen el fuego y el bautismo. Y con una imagen que puede tener un tono un tanto desconcertante ; que es todo el tema de la división y la falta de paz.

Desde el comienzo Jesús ya había anunciado que iba a padecer ; que cumplir la voluntad del Padre y entregar su vida desde el amor y la obediencia filial le traería sufrimiento y reprobación (Lc 9,22). La Cruz y la Resurrección no son consecuencia de una entrega baladí, sino más bien de una entrega consecuente, que asume todo el dolor y el sufrimiento por la vida en plenitud del hombre. Esa entrega le ocasiona angustia y, una vez más, los relatos de la Pasión ponen ante nosotros cómo Jesús hizo frente a esa angustia : se confío a la voluntad y al querer del Padre (Mc 14,36). El fuego purificador surge en este contexto de la entrega de Jesús en la cruz. El Hijo derramó su sangre en la pelea con nuestros pecados. Aquí podemos recordar la estrofa de un himno cuaresmal :

Llevaba roja la túnica
y sudoroso el cabello.

- ¿De dónde, con pies sangrantes,
avanzas tú, lagarero ?

- Del monte de la batalla
y la victoria yo vengo.
Rojo fue el atardecer,
blanco surgirá el lucero.
Llevaba roja la túnica,
roja de sangre y de fuego.

La segunda parte del evangelio nos puede llegar a conturbar. “¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra ?”. No podemos negar que esta frase, a primera vista, resulta sorprendente. Tenemos otras afirmaciones de Jesús sobre la paz : la bienaventuranza de los pacíficos (Mt 5,9), de los que trabajan por la paz y el saludo frecuente de Jesús a los discípulos después de su Resurrección. En cada eucaristía repetimos : “la paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús no fue un violento revolucionario político ni tampoco un pacifista irreal e incauto. Fue muy firme denunciado con su Palabra y su actuación todo lo que se oponía al Reino de Dios. Él ha venido a traer la paz, una paz interna entendida como el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser, cuando todo su ser está de acuerdo con las exigencias de su ser profundo. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente como fundamento de nuestro ser. Lo transcendente que mira a Dios y nos hace, inmediatamente, volver la mirada al hombre.

La división que aparece tiene en Jesús su origen y su objeto. La división, lo que separa a los miembros de la familia, es por la aceptación de la actitud de vida que propone Jesús. Podemos recordar estos evangelios Mt 12, 47-48 y Lc 11, 27-28, donde la verdadera familia de Jesús es aquella que escucha su Palabra y la lleva a la vida. Las tensiones, e incluso rupturas violentas, no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle. Sabemos también porque así lo hemos experimentado, que las verdaderas luchas no se dan, muchas veces, fuera de nosotros mismos, sino que tienen lugar en el corazón.

Como final para nuestro tiempo de oración podemos terminar con la segunda lectura que la Liturgia nos propone para este domingo : Heb 12, 1-4. Para la determinación en el seguimiento se nos dan algunas pistas : no estamos solos, hay una ingente, una gran cantidad de hombres y mujeres que han vivido en la amistad con Dios. Ellos son el mejor aval porque son y han sido hombres y mujeres caminando por esta tierra en lugares y tiempos concretos. Y que debemos huir del pecado que nos ata (¡qué buena definición de pecado !) y nos separa de Dios y del hermano. Su atadura es real porque nos resta velocidad en la carrera de discípulos. Para correr necesitamos constancia y fijar los ojos en Jesús. Aquel que levanta de la fosa fatal, que afianza nuestros pies sobre roca y asegura nuestros pasos.

Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca - España


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