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domingo del tiempo de cuaresma - Sr Ana Alonso

Année liturgique 2012-2013 [C]

Estamos en el último domingo de cuaresma, una vez más la Palabra nos invita a entrar en el Misterio de Dios por medio del Hijo. El Evangelio de hoy vuelve a poner delante de nosotros lo que venimos rezando, cantando y contemplado a lo largo de toda la Liturgia cuaresmal : “por mi vida, oráculo del Señor Yhavé, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir casa de Israel ?” (Ez 33,11). Pidamos al Espíritu Santo que actúe sobre nuestro corazón, mente y palabras para poder llevar a nuestra vida concreta y cotidiana, personal y comunitaria, el fruto de nuestra oración.

Jesús, en este pasaje del Evangelio de Juan es presentado como Aquel que se retira en la noche al monte de los Olivos. Es fácil recrear en nuestra memoria la imagen de Jesús en oración, dialogando con su Abba, con su Padre. En la siguiente acción Jesús ya está en el Templo enseñando. Las masas lo escuchan, acuden a escuchar la novedad de su Palabra cargada de autoridad. La novedad del Reino predicada por Jesús era considerada por muchos como palabra de profeta, otros ya lo nombraban como el Cristo ; pero los fariseos y los sumos sacerdotes estaban al acecho. Su actitud refleja bien las palabras del Salmo 36, 1-4 : “Oráculo del Delito al malvado, dentro de su corazón : No tiene miedo a Dios ni en su presencia. Se hace ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida. Las palabras de su boca son maldad y traición, rehúsa ser sensato y obrar bien”. En el pasaje anterior ya recriminan a la guardia por qué no han apresado a Jesús. Como se aprecia todo camina al cumplimiento, la subida a Jerusalén y lo que esto supone está siendo voluntariamente aceptada por Jesús.

La enseñanza de Jesús aparece súbitamente interrumpida por los fariseos y los escribas. Han encontrado a una mujer cometiendo adulterio. La mujer pasa al centro, es la protagonista de una discusión que tiene un doble fondo. Los fariseos y escribas increpan a Jesús, como Maestro. Utilizan a Moisés y la Ley como argumento de autoridad. La Ley recogida en el Levítico (20,10) y el Deuteronomio (22, 22-24) es clara : “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte el adúltero y la adúltera”. Ellos le preguntan cuál es su postura, con quién se posiciona con la Ley o contra ella. Y de repente un gesto enigmático, Jesús escribe con su dedo en la tierra. La Ley había sido dada a Moisés por Dios, escritas por su dedo, en tablas de piedra (Ex 31,18). Ahora Jesús escribe en la tierra, el Señor conoce de qué estamos hechos, sabe bien que sólo somos polvo. (Salmo 103, 14). En el relato de la creación (Gn 2,4b-24) se ve claramente la estrecha relación que existe entre el hombre y la tierra. La condición de criaturas no desaparece nunca del horizonte de Jesús, sabe de nuestra debilidad. Ante la insistencia de escribas y fariseos, que se mostraban inconformistas con el gesto de Jesús, este responde con contundencia. “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Les está diciendo que se examinen ellos también a la luz de la Ley. Jesús continúa escribiendo en la tierra y poco a poco todos los acusadores se fueron retirando. Jesús apeló a su misma condición de criaturas. Cómo podemos entender el pecado : como ofensa contra Dios (contra ti solo pequé), fruto de una decisión libre del pecador (reconozco mi culpa) y a la vez, como consecuencia de la debilidad natural del ser humano (mira, en la culpa nací...). Se subraya la necesidad de arrepentimiento, de una conversión que nazca del interior como actitud humana (te gusta un corazón sincero) y al mismo tiempo sea suscitada y concedida por Dios mismo (Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme).

Quedaron solos la mujer y Jesús. En una sola mirada encontramos el pecado y el Perdón. El que no cometió pecado carga sobre si los de toda la humanidad, se hizo pecado por nosotros. Se encuentran cara a cara la miseria y la misericordia, en palabras de San Agustín. A Jesús le importa la mujer y no la condena. Le da una oportunidad, le dice “en adelante no peques más”, está poniendo delante de ella la Vida. Jesús está cumpliendo una novedad que ya está brotando, ¿no lo notáis ? (Is 43,19). No deja impune el pecado, quiere la conversión del pecador, no su muerte. Una nueva Alianza está brotando y pide un corazón de carne, misericordioso.

Durante su ministerio Jesús curó y perdonó a pecadores. Con su muerte y resurrección destruyó el poder del pecado. Su dinamismo de misericordia continúa por medio del sacramento del perdón en la Iglesia. Y cada vez nosotros no tiramos nuestras piedras contra nuestros hermanos, seres de barro como nosotros mismos. Pidamos al Señor la gracia de no ser insensibles a su misericordia, a su abundante redención. Pidamos al Señor el don de reconocerlo como misericordioso y clemente. Y demos gracias, en su Presencia por todas las veces que hemos escuchado de Dios y de nuestros hermanos “vete y en adelante no peques más”.

Ana Alonso, r.a
Asunción Cuestablanca - España


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