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domingo de Cuaresma - Sr Cristina Maria

Année liturgique 2012-2013 [C]

Ayer como hoy la ROCA, la PIEDRA ES CRISTO

Con este Tercer Domingo de Cuaresma proseguimos nuestro camino hacia la Pascua. El primer domingo estuvo marcado por la profesión de fe, la de Israel y la nuestra. El segundo domingo nos llevó a entrar, una vez más, en ese misterio de la Alianza que Dios ha querido hacer con la humanidad, sellada de una vez para siempre en el Hijo Transfigurado. Este domingo, el tercero, la Palabra nos invita contemplar, más de cerca, a ese Dios que se revela con una voluntad estremecedora de salvación. El Dios que vino, que vendrá y que no cesa de venir en cada momento concreto de nuestra existencia -existencia personal y existencia colectiva- es el Dios de entrañas de misericordia. A este Dios es al que tenemos que volver nuestro corazón cada día, es al que nos convertimos con todo nuestro ser.

El Dios del éxodo, el que envía a Moisés a una misión difícil y se revela como El que ES, quiere ser para Israel un liberador. Un Dios que “vió la opresión de su pueblo en Egipto, que oyó sus quejas contra sus opresores, que se fijó en sus sufrimientos y que decidió bajar a librarlos”. Un Dios que siempre está dispuesto al perdón. El Dios que se dio a conocer como el "Yo soy", es también el Dios Padre de Jesús, que de nuevo quiere liberar a su pueblo, a toda la humanidad, ahora por medio de su Hijo, Cristo Jesús, "Dios-con nosotros", el Dios que es y que está cercano, se compadece, perdona. La Palabra nos invita a contemplar con una gran confianza este ser de Dios que no es más que misericordia y amor, un Dios que es Padre. Su misericordia es mucho mayor que nuestra debilidad. Con mayor razón que el salmista del AT, podemos decir nosotros en esta Cuaresma que "el Señor es compasivo y misericordioso", que "perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades y te colma de gracia y de ternura", que su amor es para todos y se “extiende de oriente a occidente, de norte a sur”.

El apóstol Pablo, al recordar todo el amor condescendiente de Dios con su pueblo elegido, nos quiere hacer una llamada de atención para que perseveremos en la fidelidad a ese Dios, para que nuestro corazón esté siempre orientado hacia el Dios de la Vida, ese Dios que nos guía por nuestros desiertos y nos da a beber del agua de la Roca, del manantial de la Vida que es el mismo Cristo. Ayer como hoy la ROCA, la PIEDRA ES CRISTO.

En el texto del Evangelio de hoy, Jesús acababa de exhortar a sus interlocutores a saber discernir los signos de los tiempos (cf. 12,54-57). Ahora algunos le piden una interpretación fidedigna de dos hechos conocidos : una represión cruenta por parte de Pilato en el templo durante un sacrificio (w. 1-3) y la trágica muerte de dieciocho personas aplastadas al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). Jesús responde superando el modo común de pensar : lo acaecido no es una condena notoria de las víctimas (w. 2.4), sino una invitación urgente a la conversión de los supervivientes (v. 5). Los evangelios de Lucas elegidos para este ciclo C, se refieren sobre todo a la necesidad de la conversión, del cambio en el estilo de vida, como elemento fundamental de nuestro camino hacia la Pascua. Jesús, interpretando los hechos de vida de su tiempo, nos invita a esa conversión : Vosotros, "si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

Lo que nos pide la Cuaresma es un cambio a un nivel bastante más profundo que el de las meras obras exteriores. Una conversión, si es auténtica, "hace daño", porque significa meter "el dedo en la llaga" y corregir las raíces de nuestros males. El reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestros “no” a las exigencias de la alianza, nos hace tomar la decisión de cambiar de rumbo, de volvernos a él en nuestra vida, y de dar los frutos que él espera de nosotros, pues podemos ser higueras que no dan fruto y que hay que cortar, podar dirá en otra parábola.

Para los profetas, este árbol, no raro entre las viñas palestinenses, se había convertido en símbolo de la infidelidad de Israel (cf. Jr 8,13 ; Os 9,10 ; Miq 7,1). También en los sinópticos la higuera es el símbolo de solicitudes pacientes y amorosas no correspondidas (Mc 11,12-14 ; Mt 21,18-22). Pero Jesús deja la puerta abierta a la esperanza : la esterilidad de la higuera hace suplicar al labrador un ulterior tiempo de gracia : un año jubilar (vv. 8s) concedido por el Señor, dispuesto, una vez más, a confiar en espera de los frutos añorados desde hace mucho tiempo. El sentido de la vida eclesial, de la vida comunitaria, es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ardientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita la Palabra de hoy. Dejémosle, pues, que nos trabaje. La Palabra es como un arado, que trabaja nuestra tierra, y también como una semilla sembrada que puede producir mucho fruto. Dios se encarga de arar, de sembrar y de hacer germinar. Si le dejamos.

Este texto del P. André Louf, nos puede ayudar a permanecer en esa actitud de conversión : “Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos ¡unto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a El. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada ; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías : "Haznos volver a ti, Señor, y volveremos." (Lam 5,21 ; cf. Jr 31,18)” (A. Louf, A merced de su gracia)

Cristina María, r.a.
Málaga


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