domingo de Cuaresma - Sr Cristina Gonzalez

Carême - Lent - Cuaresma

 

Luz en los ojos, claridad en el corazón
 
Con las lecturas de este Domingo damos un paso más hacia la Pascua y confesamos la fuerza de la resurreción, de la nueva vida que se nos ha dado en Cristo Jesús.
 
En la primera lectura, se nos presenta cómo con la unción de David la realeza pasa a la tribu de Judá. Jacob en su lecho de muerte entreveía el futuro de las diversas tribus (Génesis 49, 8-12). Como Jacob, Samuel debe aprender a mirar con la mirada de Dios : « Voy a enviarte a Jesé de Belén porque he visto entre sus hijos un rey para mí » (1Samuel, 16, 1b) ; y el profeta debe ir a consagrarlo. ¿Cómo saber quién era el elegido ? El Señor le da un criterio : no mires las cualidades, mira el corazón, pues así es como Dios mira y elige. Y según este criterio, Samuel descarta a los hijos mayores de Jesé y se fija en el pequeño sobre el que se posará de modo estable el Espíritu del Señor.
 
En la segunda lectura, Pablo nos habla de nuestra nueva condión : Antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Una conducta auténticamente cristiana es un rayo de luz que no solo juzga las tinieblas, sino que las penetra para transformarlas. El discípulo de Cristo es misionero con su vida : despierto del sueño de la muerte –asi es la vida bautismal despierta a los otros para que también sus vidas se conviertan en fecundidad, en luz, en bien.
 
En el relato del evangelio de Juan, pentramos mas en lo que somos ante Dios, ante su mirada. La narración del milagro de la curación del ciego de nacimiento cobra todo su alcance teológico (kerygmático y pascual a la vez) en el contexto en el que aparece : las Fiestas de las Tiendas durante la cual Jesús se revela como luz del mundo (Jn 8,12) suscitando la consiguiente polémica entre los judíos.
 
Y Jesús vió pasar a un hombre ciego de nacimiento. Tenemos al ciego, al enfermo que no pide nada. Es Jesús quien le mira. Los discípulos va a intervenir pero el ciego sigue sin decir nada. El discurso aborda una cuestión fundamental : el significado del sufrimiento que, según la mentalidad de aquel tiempo, estaba vinculado al poecado. Jesús afirma claramente : No ha sido un pecado suyo ni de sus padres. La ceguera (sufrimiento) indica mas bien la situación natural del hombre. Todos somos ciegos de nacimiento. Todos estamos enfermos y enfermos de una enfermedad tan grave que no nos quedan fuerzas para acudir al único que puede curar.
 
Jesús es el Médico que toma la iniciativa. Sus acciones están calcadas de las de la primera creación. : Jesús toma barro y se lo unta en los ojos. Luego da un mandato al ciego quien, a diferencia del primer Adán, obedece. En ciego no conoce a Jesús pero su obediencia es un acto de fe de total abandono ; de él brota una sabiduría que viene de lo alto, sabe dar verdadera gloria a Dios con las palabras y con la adoración. Y Jesús hace de él una creatura nueva. Jesús, mirándole, le lanza ahora una pregunta comprometida : ¿Crees en el Mesías ? Y, aturdido, con la vista recuperada, responde : ¿Y quién es ? Jesús afirma con autoridad « Soy yo, el que te ha curado ». Y abriedo los ojos de la fe, grita con su voz y su corazón : « ¡Creo, Señor ! Y entonces se produce el verdadero milagro : el que recobró la vista de los ojos, ahora en su profesión de fe, se abre a la luz del Espíritu, distinguiendo la mano poderosa de Dios entre nosotros.
 
No se trata, sólo, de abrir los ojos para ver. Se trata de ver otra luz con otros ojos : con ojos de fe, descubrir que Dios está en medio de nosotros y nos invita a seguirle. ¡No cerremos los ojos a la misericordia de Dios ! El no ver será entonces en parte culpa nuestra.
 
Recordemos lo que escribía Benedicto XVI en su mensaje de Cuaresma : El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros : « ¿Tú crees en el Hijo del hombre ? ». « Creo, Señor » (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como « hijo de la luz ».

 

Cristina Maria, r.a.
Málaga

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