VII Domingo ordinario - Sr Cristina Maria

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Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy Santo.

La Palabra de Dios de este Domingo habla por sí sola. El libro del Levítico nos propone ir en profundidad hacia aquello a lo que estamos llamados a ser por decisión, por elección amorosa de Dios : Ser santos. Ser santos, porque El, nuestro Dios, es Santo. Hechos a « su imagen y semejanza » no « podemos » negarnos a entrar en este sueño de Dios : que seamos, que el corazón de cada ser humano, sea lo más parecido al corazón de su Dios y Padre. Que sea santo, no con una santidad que venga de él mismo, sino con esa santidad que corresponde a la llamada recibida : una santidad en el amor, un amor extensivo a todos, como el de Dios. Esto supone un vivir de acuerdo con la vocación recibida en la que no hay lugar para el odio ni la venganza sino para un amor hecho de perdón y miseicordia, como es el amor de Dios hacia sus hijos : El, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura (Salmo responsorial)
 
Pablo, en el texto que leemos hoy, explica a los cristianos de Corinto, que hay actitudes que pueden obstaculizar la acción del Espíritu, minar a la comunidad que es el templo de Dios, una presencia de Dios. Y les recuerda que el camino que deben seguir es el de la verdadera sabiduría -la humildad- el camino de los verdaderos hijos y amigos de Dios, ésos a los que revela su misterio, humildad que forja a los santos. La misma actitud en la que vivió Jesús, el Señor al que queremos seguir y al que pertenemos : Vosotros sóis en Cristo Jesús…
 
El Evangelio de Mateo, con la dos última antítesis de este cap. 5, « se ha dicho… pero yo os digo… », nos marca también ese camino hacia la santidad. Al expresarse así, Jesús no quiere contraponer nada sino indicar algunas actitudes positivas para vivir el amor auténtico, en el que se resume toda la ley y los profetas, y para acoger la llamada a ser como el Padre, a vivir como hijos, a ser santos en el amor. Esta llamada a la santidad verdadera es una de las bendiciones con las que el Padre nos ha colmado en su Hijo Jesús : Por Cristo, el Padre nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor. (Efesios 1, 4) Esta santidad en el amor significa un amor incondicional al amigo y al enemigo. Y esto será posible porque esa santidad no será en definitiva el resultado de nuestros esfuerzos sino, ante todo, un don de Dios acogido para poder asemejarnos cada vez más, a pesar de nuestras fragilidades, al Dios Santo. Don de Dios acogido, don de Dios vivido en lo pequeño y cotidiano de nuestra vida.
 
La Palabra de Dios nos abre sin cesar los ojos y el corazón. Nos confronta y nos recrea. Provoca en nosotros un cambio transformador. Nos ofrece el perdón y nos concede la fuerza de la conversión. Dios es un Dios de Alianza. Ha sellado con nosotros un juramento de fidelidad. En lo má hondo de su ser le importa nuestra suerte. En Jesús y por su sangre, ha renovado esa Alianza. Y sigue hablándonos al corazón y recordándonos lo esencial : Sed santos… La santidad que en nosotros se va modelando día a día, es un camino. Es el camino por el que se va realizando el sueño de Dios sobre el hombre : Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy Santo. Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto. Y sabemos que no hay ninguna perfección fuera de la del amor.
 
Cristina María, r.a.
Malaga - España

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