“Rabí, Maestro, ¿dónde vives ?”

(I)

Acabamos de celebrar dos manifestaciones de Jesús : en la Epifanía, Jesús es revelado a todas las naciones. Y hemos cantado : Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios, su presencia y acción salvadora. En el Bautismo, el Padre nos revela la identidad de Jesús : “Este es mi Hijo amado”. Y de estas dos manifestaciones, ambas fruto de la gran manifestación de la encarnación del Hijo que se hace uno de nosotros, todos hemos recibido -y recibimos sin cesar- gracia tras gracia. Y esa gracia es nuestro ser de hijos y la misión de anunciar la bondad y la misericordia de nuestro Dios.

La liturgia de este domingo, segundo del tiempo ordinario, nos va a mostrar otra epifanía, otra manera de manifestarse Dios en su Hijo y a través de El. En la liturgia de este domingo, Dios se manifiesta llamando : Dios es siempre comunicación. Y Juan Bautista, a través de su palabra y de su humildad, nos indicará quién es Jesús. Esa era su misión : no era la luz sino un testigo de la luz.

El libro primero de Samuel nos ofrece una vocación ingenua y a la vez vigorosa : Samuel había sido un don de Dios a una mujer, Ana, que no tenia hijos. Su madre no encuentra mejor respuesta a este don que dejarlo al servicio del altar junto al sacerdote Elí. Elí será testigo del crecimiento y la maduración de Samuel y en él descubre al llamado, al elegido por el Señor. Elí sabe que el que llama es el Señor e indica a Samuel que la verdadera vocación estar en responder con prontitud y obediencia a la llamada del Señor : Si te llama dirás : “Habla, Señor, que tu siervo escucha.” La llamada es personal, pero el instrumento es frecuencia otra persona que nos señala la presencia del Señor. Tal en esta escena, y tal la escena del Evangelio de hoy.

El pasaje del evangelio de Juan de hoy, nos indica algo fundamental en nuestra comprensión del misterio de Jesús : “Estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice : ‘ Este es el Cordero de Dios ’.” Cordero de Dios es una que remite al cordero de Pascua, que se sacrificaba en Jerusalén, en el Templo, entre las doce y las tres de la tarde, víspera de la cena de Pascua. Justamente cuando según Juan evangelista, Jesús estará en la cruz y morirá. Juan Bautista hace esta revelación y deja que sus discípulos sigan a Jesús. Para Juan, su mayor alegría es “que Jesús crezca y que yo mengüe.” Y los discípulos siguieron a Jesús. Juan ha realizado ya una parte de su misión, la esencial como profeta : señalar, indicar y dejar que la historia de la salvación siga su camino.

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Arcabas (Détails Emmaüs)

Jesús se vuelve -El siempre va delante- y les pregunta : “¿Qué buscáis ?” Ellos le contestaron : “Rabí (que significa Maestro) : ¿dónde vives ?” El les dijo : “Venid y lo veréis”. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día ; serían las cuatro de la tarde”. Esperando conocer un lugar, lo que conocemos es un tiempo ; se nos informa de una hora : las cuatro de la tarde. Esta hora remite al cordero ya sacrificado, representa el tiempo que sigue a su muerte. Referidas a Jesús representan el tiempo del Padre, remiten a la casa del Padre. Jesús mora, vive en su Padre. Está invitando a los discípulos a entrar en esa relación, en esa casa, en esa morada. Para que ellos, los discípulos, estén también donde El está.

Al final del texto hay otra mirada : la de Jesús a Pedro : “Jesús se le quedó mirando”, y le dio un nuevo nombre : Cefas.

Cordero de Dios, Jesús ; Cefas, Pedro. Jesús, piedra angular que será desechada ; y a Pedro Jesús le invitará un día a ser como él, pastor, el que da la vida por sus ovejas : Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas... Pedro, sé lo que yo he sido para vosotros, para toda esta multitud que anda a veces como ovejas sin pastor...

En este relato del evangelio de hoy hay pocas palabras y mucho silencio ; un relato con gran capacidad evocadora. Dejémonos llevar por el texto. Entremos en él y quizá empecemos a comprender algo de ese “dónde mora Jesús”.

Cristina María González, r.a.
Málaga - España

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