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Primer domingo de Cuaresma - Sr Cristina María

Année liturgique 2015-2016 [C]

Jesús regresó del Jordán lleno del Espíritu Santo…
y el Espíritu lo fue llevando hacia el desierto.


Hace unos días iniciamos, con la celebración del Miércoles de Ceniza, este tiempo de gracia y misericordia que es la Cuaresma. Tiempo también para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras incoherencias y nuestras tentaciones, con los hermanos que nos rodean, con los que pasan necesidades, falta de pan, de cobijo, de paz. Tiempo para encontrarnos también con la mirada amorosa del Padre. La Cuaresma de este año estará marcada por la mirada misericordiosa del Padre.
La Palabra de este primer domingo nos deja, una vez más, la Buena noticia de quién es Dios para el hombre y lo que somos nosotros para El.


La primera lectura nos presenta lo que se ha llamado el primer credo de Israel, un credo que es la proclamación creyente de la cercanía de Dios a su pueblo y de sus acciones salvadoras. Un credo que se basa en lo que Dios hace : un Dios que escucha, mira y ve, libera y ofrece una tierra para habitar, una tierra que dará abundantes frutos. Proclamando las acciones de Dios, Israel confiesa al Dios que se ha dado así a conocer. El Dios que le salva es el Dios que le creó y le sigue creando. Ante este Dios solo cabe la adoración, el estar ante El con un corazón agradecido.


Y de ahí el salmo 90, salmo de una absoluta confianza para Israel y para Jesús que en los momentos de tentación rezará con una extrema confianza filial : Refugio mío, alcázar mío, Dios mío confío en ti. En el momento de la tentación, en el pasado para Israel, más tarde para Jesús y hoy para nosotros, las palabras del salmo han sido y serán la confesión de nuestra confianza : tu presencia me guardará, me llevarás en tus palmas. En la tribulación estarás a mi lado y me concederás participar de tu gloria.


La segunda lectura nos presenta lo esencial del credo cristiano : si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos te salvarás. Acoger la Palabra que nos salva lleva consigo un cambio de mentalidad, una conversión profunda, apoyada en la certeza de que quien ponga en el Señor su confianza no quedará defraudado, sea de la nación que sea. El que ha dado su vida por la humanidad sigue siendo un Dios dador de VIDA.


El Evangelio empieza con las palabras : Jesús regresó del Jordán lleno del Espíritu Santo … y el Espíritu lo fue llevando hacia el desierto. Y poco después, al inicio de su predicación en Nazaret, Jesús se presenta como el Ungido por el Espíritu haciendo suyas las palabras de Isaías : El Espíritu del Señor está sobre mí… y me ha Ungido para anunciar a los pobres le Buena Noticia…Ungido, investido del Espíritu, Jesús empieza su misión.


Jesús, el enviado del Padre, vivió bajo la acción del Espiritu. Y bajo la unción del Espíritu, el Hijo vivirá el momento de la tentación. Y en este momento Jesús va a darnos a conocer el rostro de Dios y la verdad de Dios, el camino que tenemos que recorrer para llegar al Padre. En palabras de Benedicto XVI : “En la lucha contra el Mal ha vencido Jesús : frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y de la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza, divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre. Frente a la invitación a adorar el poder, el Señor pronuncia unas palabras del Deuteronomio (6,16), el mismo libro que había citado también el diablo : Al Señor, tu Dios, adorarás y a El solo darás culto. El precepto fundamental de Israel es también el principal precepto para los cristianos de todos los tiempos : adorar sólo a Dios.”
Hoy podemos experimentar la tentación de desplazar a Dios de nuestras vidas como si pudiéramos vivir al margen suyo. Pero también hoy, hay una búsqueda de Dios, muchas veces “a tientas”, como decía Pablo a los atenienses. Jesús ha venido a revelarnos al verdadero Dios que no está lejos de nosotros pues en El nos movemos y existimos. Para encontrarnos con Je­sús resucitado, nues­tro camino hacia el Padre, hemos de subir más arri­ba y bajar a lo profundo de nuestro corazón.
La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar y encontrar a ese Dios tan cercano. Adorarle dejándole que ocupe el centro del corazón y de la vida. Su presencia salvadora nos acompaña.


Sr Cristina María. r.a.
Madrid, España


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