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Dominigo de Pascua - Sr Camino Lescún

Année liturgique 2017-2018 [B]

Hace seis días, solo seis, Jesús bajaba a Betania, a casa del amigo, después de haber inspeccionado Jesuralén. Con solo dar una vuelta y sentir el ambiente que se vivía, se dio cuenta de que llegaba su hora, la hora para la que había venido al mundo. ¿Quién no siente miedo cuando el momento se acerca ? Como había hecho en otras ocasiones, quiso recobrar fuerzas en esa casa que tantas veces le había acogido y había sido impulso para continuar su misión. Solo que sabía que esta vez sería seguramente la última. Aunque los discípulos parecían no enterarse de qué iba la cosa, María percibe algo... y en un gesto de extremo cariño, le unge los pies, sin saber que no podrá hacerlo más.

Han pasado seis días desde entonces, y hace dos que María espera impacientemente que pase el Sabbat para ir a ungir a su Señor, crucificado injustamente y puesto demasiado rápidamente en un sepulcro. Su corazón y su mente se niegan a creer que El ha dejado de existir... había algo que le hacía diferente. El corazón tiene a veces certezas que la razón no entiende.

Solo seis días... y en cuanto sale el primer rayo de sol, María y otras mujeres se ponen en pie para ir al sepulcro. Solo vieron la losa quitada... pero el corazón les dio un vuelco. ¿Se estarían volviendo locas ? No se atrevieron ni a asomarse, y fueron corriendo a buscar a los discípulos, quizás ellos lo habían cambiado de sitio. Estos llegaron y no vieron más que ellas... entraron y solo un sepulcro vacío. El discípulo que el Señor amaba vio y creyó.

¿Pero qué vio ? Nada... vacío... y sin embargo creyó al ver ese vacío. Allí donde los ojos extraños no descubren nada, el amado sabe sentir la presencia del Amante, sabe palpar las realidades que no se ven con los ojos físicos y que no se pueden demostrar experimentalmente. Por muchos avances que realice la ciencia, nunca nos demostrarán la Resurrección del Señor, esa tenemos que descubrirla en nuestro interior, en lo más profundo, en nuestro corazón. Ante una situación objetivamente dolorosa, los discípulos sintieron extrañamente un consuelo profundo, una alegría desbordante, una paz profunda... la certeza de saber que El vivía, tal y como lo estaba en las Escrituras. Nosotros creemos en Él porque hemos experimentando esos frutos de su Resurrección y tenemos la certeza de que está vivo, sino vana es nuestra fe. Quedémonos hoy ahí, ante el sepulcro vacío, gustando este momento, anclando la convicción de que vive y acompaña cada momento de nuestra vida, para cuando dudemos y no veamos claro.
Que la alegría del Resucitado sea nuestro modo propio de ir por la vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección !

Camino Lescún, r.a.
España

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