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Domingo de Pascua - Sr. Cristina Gonzalez

Pâques

Durante los tres primeros domingos tras la fiesta de Pascua, la liturgia nos ha ido ayudando a penetrar en este misterio de la « presencia en la ausencia » de Jesús resucitado. Los encuentros de Jesús resucitado con los suyos -sus discípulos, María Magdalena...- señales transitorias de la presencia de Cristo, fueron un signo de la condescendecia del amor del Señor para hacer ver a la comunidad cristiana que había resucitado, que vivía, que vive y nos acompaña. Los testigos nos lo han contado para que nosotros creamos. A la luz de Pascua todo el Evangelio se convierte en una clamorosa epifanía del Señor, una señal elocuente -semeion- que busca fundamentar nuestra fe : Estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre (Juan 20, 31). En el camino normal -en el nuestro de cada día este encuentro será un encuentro con el Señor en la fe y en el Espíritu : éstos son los adoradores que Dios quiere. (Jn 4, 23-24)

En estos encuentros en los de Pascua y en los de cada día Jesús, el crucificado y el resucitado, lo primero que hace es dar la PAZ como el primer fruto de la resurrección. Jesús resucitado, cuando vuelve a los suyos, nunca reprocha ni reivindica nada. Vuelve a los suyos y a los que le abandonaron sin remover las heridas de unos, el miedo y la huída de otros. Cada uno se va sintiendo perdonado, reconciliado, rehecho desde su raíz más profunda al oir su nombre... Jesús decía con razón : Yo he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia. Y este texto de Juan (10,11-18) es la Buena Nueva que se nos anuncia en la liturgia de este domingo : Que Jesús vino y viene para que tengamos vida.

Desde el principio, la Iglesia, la comunidad de discípulos de Jesús, entra en una situación, ya anunciada repetidas veces por el mismo Jesús, de persecución por causa de su nombre. Las autoridades persiguen a los apóstoles, el pueblo acepta y cree : sorprendente contraste siempre actual. Los apóstoles siguen anunciando a Aquel que es la Piedra angular, centro, cimiento y fuente de toda salvación (Hechos de los apóstoles 4, 8-12, primera lectura, y salmo responsorial 117).

En el texto del Evangelio y desde la hondura de Juan, podemos percibir lo que fué todo el vivir de Jesús. Bajo la imagen del pastor, Juan nos explica la función de guía que tiene Jesús. La imagen está utilizada en su acepción noble, anclada en la tradición bíblica, sin la connotación peyorativa que tenían los pastores en la realidad socio-económica del tiempo de Jesús.

Dos rasgos del buen pastor : da la vida sin reservas a las ovejas, una donación consciente y libre ; y conoce a las ovejas, es decir, tiene una relación profunda con ellas. La comunidad, cada uno de sus miembros, conoce a Jesús que ha dado la vida por sus amigos y les ha comunicado su Espíritu. Esta relación de conocimiento-amor es tan profunda que Jesús la compara a la que existe entre El y el Padre. Esta comunidad de vida entre Jesús y los suyos, no se limita al pueblo judío, se extiende a otros, a todos los pueblos. El amor del Padre es para la humanidad entera, un amor que crea la unidad, y la unidad de toda la humanidad se verificará por la convergencia en el único Pastor, Jesús. La misión de Jesús y la des sus discípulos fué y será siempre la de unir.

Todo el vivir de Jesús fué dar la vida y darla sin reservas. Jesús actúa no como un asalariado que busca sus propios intereses. El « dios » del asalariado no es el Dios de Jesús. Jesús, en su vivir y en su morir, nos comunicará la verdadera imagen de Dios. Dios está siempree unido a sus criaturas, es el Dios compasivo. Jesús hace suya esa imagen de Dios. No rehuye la muerte, no le quitan la vida, la da libremente y por amor. Para el discípulo, vivir desde esta misma manera de comprender a Dios, significará dar la vida como Jesús. El seguimiento de Jesús, vivir con y como El, empieza no tanto desde el momento que uno decide vivir así sino cuando se reconoce que el Señor es el que ha dado su vida por cada uno de nosotros y nos invita, nos llama como a Pedro, a ser tambien donantes de vida, cauces de la misericordia del Padre : Sé tu también, pastor entre y de tus hermanos, como yo, Jesús, lo he sido con vosotros, contigo.

A esta luz podemos comprender mejor las palabras de Juan en su primera carta (3, 1-2) : Ahora somos hijos de Dios, como el Hijo Amado, y en el don de vuestra vida nos iremos haciendo semejantes a El.

En este domingo en el que la Iglesia ora por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, oremos para que cada cristiano oiga esa llamada a ser pastores en seguimiento del Pastor. Que seamos como El, que revelemos al Dios compasivo, que da la vida y la da sin contar. Este Dios nos pregunta, como a Pedro : ¿Me amas ? Y que como Pedro, acogiendo al Amor en nuestras vidas, sepamos responder con el mismo amor y dar tambien nuestra vida. Solo respondiendo al AMOR podemos hacer de nuestra respuesta un acto de amor libre y para siempre. Que nuestro Sí sea SI.

S. Cristina María
Málaga


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