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Domingo XXXIII del tiempo ordinario - Sr Cristina María

Ordinaire - Ordinario - Ordinary

Aprender, Velar y Orar
El Señor no cesa de venir

Poco a poco nos vamos acercando al final de un año litúrgico con una liturgia que nos sitúa en la dinámica de la esperanza para introducirnos en otro tiempo litúrgico que conocemos como el tiempo de la ESPERA, de un nuevo nacimiento del ESPERADO de las naciones, el que vino y el que siempre está viniendo a nuestras vidas.

Intentemos penetrar en el mensaje de la Palabra de Dos de hoy. El profeta Daniel, unas veces a través de alegorías y otras de visiones apocalípticas, nos va narrando la historia del pueblo elegido, que desfallecido a veces por las persecuciones, necesita una palabra de ánimo. En narraciones anteriores, Miguel ha aparecido como baluarte del pueblo, como apoyo para permanecer en pie cuando otros pueblos iban cayendo ante los perseguidores. Hoy aparece como el arcángel que se ocupa del pueblo del Señor. Miguel se levanta para volver a dar seguridad a los que en tantas ocasiones se han sentido protegidos por el mensajero de Dios. Daniel viene ha anunciar, y a anunciarnos, el sentido de la Historia y al Señor de la Historia. Por primera vez en la Escritura se nos dice que muchos de los que duermen en el polvo se despertarán. Despertar, volver a la vida, una afirmación de resurrección. Y una segunda afirmación : Unos para la vida eterna, otros para la ignominia perpetua. Juicio sobre la vida que tendrá su prolongación más allá de la muerte y afirmación de que, resucitados, tendremos vida eterna. Y no dejemos caer la “perla” con la que termina el texto : Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad. Dos tareas que no pasan desapercibidas para Dios. Por eso cantamos con el salmista : El Señor es el lote de mi herencia.

Los versículos de la Carta a los Hebreos vuelve sobre la eficacia del sacrificio de Cristo en la obra de salvación de la humanidad. Toda la historia de la salvación tuvo su plenitud en Cristo. Ya no son necesarios más sacrificios. Pero la humanidad sigue viviendo entre la gracia y el mal ; la gracia dada en Cristo actúa en nosotros ; pero aún vivimos en una tensión escatológica hacia la total plenitud. Vivimos entre el ya… y el todavía no…

El evangelio de Marcos viene a recordarnos que hay un antes y un final. Hay un antes de sufrimiento, de persecuciones para el pueblo de Dios, un antes de debilidad humana… Y un final para el Pueblo Santo de Dios. El invierno del Pueblo Santo de Dios deja paso a su verano. De la aparente carencia de cosecha a la cosecha espléndida. Y esto solo lo puede testificar el Hijo. Jesús entreveía en su muerte el preludio a la consumación del plan salvador de Dios. Esta era la certeza que Jesús transmitió a sus oyentes : Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. Primero El como Primicia ; después todo el Pueblo Santo de Dios. Esto segundo con la misma certeza, aunque sin la misma inmediatez. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles, ni el Hijo, sólo el Padre.

Si comprendemos el sentido de la historia, ¿cuál debe ser nuestra actitud ? Por una parte, APRENDER lo que nos enseña la higuera, y ved los signos, las señales de vida a vuestro alrededor. Cuando vemos brotar las hojas de la higuera sabemos que el verano está cerca. Pues bien, nos dice Jesús : nosotros que vivimos en esta historia, nosotros que vemos las señales de la historia, podemos ver que poco a poco la historia van avanzando a su plenitud. Lo que un día será la plenitud ya lo estamos viendo : señales múltiples de amor, de un amor solidario, compasivo, misericordioso. Señales de hombre y mujeres unidos, formando la familia de los hijos de Dios. Señales de esperanza, a veces contra toda esperanza, señales de fuerza y de testimonio en las persecuciones por la fe… señales que nos indican que las yemas están anunciando la primavera. Después de un invierno, más o menos largo, aparece la frescura de lo nuevo. Los brotes que revientan las ramas indican que ya no pueden esperar más, que están madurando y quieren transformarse en flor y en fruto. El reino de Dios es igual. Está apuntando, está brotando, hay que estar preparados. Jesús nos invita a creer en lo nuevo que está brotando, novedad que anticipa lo que será el reino definitivo.

Y luego : VELAR. Esta actitud no la encontramos en este texto de Marcos pero sí en los otros sinópticos. La vigilancia es una manera de esperar, una manera activa. Y Jesús nos invita hoy, sin duda, a la viglancia, a vigilar, es decir a vivir en una actitud amorosa, acogiendo el amor salvador de Jesús, el que brota de su muerte y de su resurrección, el que se nos da cada día en la Eucaristía. No se trata pues de vivir obsesionados y aterrorizados ante el final del mundo sino de vivir la vida cotidiana en fidelidad a Dios, previniendo aquel momento decisivo. Aprender, velar y ORAR. Jesús menciona explícitamente la práctica de la « oración incesante, hecha en la historia, en el corazón de nuestras vidas, haciendo que nuestra historia y nuestra vida estén abiertas al futuro absoluto del Dios amor. La oración es como la respiración de nuestra vida, que la vida sea una oración. Que la vida la vivamos como un continuo don de Dios porque en esta relación con El es donde aprendemos a descubrir su presencia en los signos que El nos presenta ; y es también donde permanecemos en vela activa, siempre disponibles para seguir realizando el proyecto de Dios, al estilo de Jesús, hasta el final.

 

Cristina María, r.a.
Málaga

 

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