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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario - Sr. Ana Alonso

Année liturgique 2016-2017 [A]


Lectura del santo evangelio según san Mateo 25,14-30 :
En este rato de profundización de la Palabra y de oración el salmo propuesto nos ayuda a ponernos en la presencia de Jesús.


Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.


Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa ; tus hijos,
como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.


Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. 


Para el texto que la Liturgia nos propone en este domingo, el tiempo ordinario esta llegando a su fin, podemos fijarnos en los rasgos del dueño de la hacienda. Este antes de partir de viaje, podía haber optado por venderla, pero encomendársela a sus siervos. Esta imagen de repartición de la herencia la encontramos también en la parábola del Hijo pródigo (Lc 15, 11-32). El don manifiesta una preocupación por el otro, un interés por el otro. Otro de los rasgos del Señor, del dueño, es que reparte a los siervos los talentos según su capacidad. Esto nos sirve para entender que el Señor de la hacienda se preocupa por sus siervos y los conoce. También nos habla de la confianza en sus empleados porque se va, se ausenta de su casa, y de su hacienda. Les encomienda una serie de talentos a cada uno ; les deja una misión. En esta parábola se refleja la abundancia del Señor y su generosidad. Un talento era un peso. Equivalía a 21.000 gramos de plata. Para entender esto, si un denario equivalía a 4 gramos de plata, entonces un talento equivalía a 6.000 denarios. Un jornalero judío ganaba un denario en todo un día de trabajo (Mt 20,2). Si un jornalero quisiera ganar tan solo un talento, tendría que trabajar alrededor de 20 años.
Los siervos ponen en juego sus talentos negocian con ellos y ganan. Multiplican lo recibido. Uno de ellos no sigue esta dinámica. Decide enterrar el talento en la tierra. El material de que esta hecho el talento no es como el trigo que la caer en tierra y morir da simiente, pero el talento enterrado en tierra no produce nada. Se queda como es. Por eso cualquier don, todo lo que recibimos, implica una tarea. Benedicto XVI, en Caritas in veritate nº 34, nos recuerda que el hombre está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente.
En el pasaje se nos dice que el tiempo que se ausentó el dueño fue mucho. Al volver se reúne con sus siervos y pide cuentas de lo entregado a cada uno. Estos enseñan sus balances particulares. El Señor, como buen conocedor de sus jornaleros, los alaba por su fidelidad. La recompensa es la entrada en el gozo del Señor. La felicitación es la misma para los dos, los dos son llamados bienaventurados.
El que recibió un solo talento cuando le llega su turno describe cómo ve a su Señor. Tiene una imagen llena de miedo, de severidad. El miedo nos paraliza, anula, vence, si dejamos que tome las riendas de nuestra vida, nos encierra en una falsa prudencia, nos hace enterrar el talento. Ese miedo limita la vida del siervo. Impide crecer, vivir, angustia a las personas. El miedo lo aísla en su zona de comodidad, ni siquiera va al banco a depositar el talento recibido. Podemos traer a nuestra memoria todas las veces que Jesús a lo largo del Evangelio nos recuerda que no tengamos miedo.
Igualmente podemos recordar los dones que hemos recibido del Señor, por pura gracia, dones de su amor. Si entramos en la lógica del don y el agradecimiento salimos del miedo y le plantamos cara. Dejamos de lado el miedo a fracasar. Somos siervos inútiles en el sentido en que aparece reflejado en Lc 17, 10 ; no somos más que unos pobres siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer. Pidamos la fuerza del Espíritu para que nos ayude a vencer el miedo, que la libertad de respuesta que nos deja el Señor la utilicemos para poner toda nuestra vida, en la vocación que cada uno de nosotros hemos recibido, al servicio del Reino del Señor. “Porque quien quiera salvar la propia vida la perderá, pero quien pierda la propia vida por mi causa, la encontrará” (Mt 10,39).
Al finalizar nuestro tiempo de oración ante la presencia de Jesús experimentamos como su Palaba nos ayuda a abrirnos a la esperanza de vida abundante que Jesús ha venido a comunicarnos. Damos gracias porque nos quiere, como siervos y seguidores, para la construcción de su Reino. 


Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca- Casita


 La parábola de los Talentos. S. XVII. Willem de Poorter
Óleo sobre lienzo
Galería Nacional de Praga , Praga, República Checa


Checa

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