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Domingo XXII del tiempo ordinario - Sr. Ana Alonso

Année liturgique 2015-2016 [C]


“Vosotros que buscáis beneficios espirituales, no os contentéis escuchando sólo en la iglesia los textos sagrados. Leed esos textos en vuestras casas. Y así podréis acumular un fermento espiritual en los graneros de vuestro corazón y dejar bien colocado el tesoro de vuestras almas, las perlas preciosas de las Escrituras”.
San Cesáreo de Arlés.


Esta puede ser, una vez más, la petición para comenzar nuestro rato de oración. Que la Palabra de Dios vaya calando en nuestro corazón para que impregne nuestra forma de actuar.


Tenemos ante nosotros un texto del Evangelio de Lucas que sitúa muy bien la escena. Es sábado, día sagrado. Y Jesús es invitado por uno de los principales fariseos, un observante de la Torah en su sentido más estricto, para comer. La comida del sábado tiene carácter festivo y sagrado, sobre todo para los observantes de la ley. La hospitalidad de Jesús entra en escena ; no rechaza a nadie y tampoco ninguna situación. Podemos fijarnos que cuando entra Jesús en la casa, la intención de los otros no parece buena, le están espiando. No parece una buena manera de responder a la hospitalidad de Jesús. En su manera de mirar y contemplar la realidad, Jesús también observa algo que le lleva a enseñar.


Recordar la importancia de las comidas en Jesús : por una parte el Hijo de Dios nos muestra la decisión de compartir la propia comida con los que carecen de ella. Así se lo hace saber al principal fariseo que lo había invitado. Jesús nombra a sus favoritos, a sus invitados más importantes, los anawin (Hombre pobre, cuya riqueza es tener a Dios. Cree radicalmente en El, y teniéndolo en su ser, le basta para sobrevivir). El protocolo de Dios no es el de los hombres. El Maestro aprovecha la ocasión de las comidas hechas con la gente más diversa para dar importantes enseñanzas sobre la salvación que ha venido a traer. En el texto que tenemos entre manos esto se cumple.


La parte central del Evangelio se centra en la virtud de la humildad. Y es Jesús el que nos sigue enseñando el cómo vivirla. Nos invita a vivir lo que somos sin figurar, sin pretender ser más de lo que somos. Nos anima a vivir en plenitud lo que somos pero sin pecar de soberbia. La humildad no es minusvalorarse, es expresar con sencillez lo que uno es, y sabernos seres en construcción y dependientes los unos de los otros y en manos de Dios. La humildad no se opone a la justa realización personal. Jesús pone de manifiesto el hacer de Dios que enaltece a los humildes, así lo cantamos en el Magnificat y en su propio modo de proceder. El Hijo se abaja y en su última mesa compartida fue el servidor de todos. Todos somos iguales, todos hemos sido creados a imagen y semejanza, y todos somos Hijos. La dignidad nos viene dada.


Hoy día en que como Congregación tenemos el recuerdo vivo de nuestro padre San Agustín podemos fiarnos de sus palabras para pedir que el Señor nos conceda el don de vivir la humildad :


"A ti no se te manda : ’Sé menos de lo que eres’ ; sino : ’Conoce lo que eres’. Conócete flaco, conócete hombre, conócete pecador. Conoce que él es quien justifica. Conoce que estás mancillado... no hay otro camino para buscar y hallar la verdad que el que ha sido trazado por él... ; y digo que el primer camino es la humildad, y el segundo, la humildad, y el tercero, la humildad."
San Agustín


Dando gracias por la Palabra de este domingo, por su capacidad para transformar nuestra vida y nuestro obrar, terminemos haciendo nuestra la petición de la primera lectura : Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios ; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes.


Ana Alonso, r.a.
Asunción Cuestablanca- Casita

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