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Domingo XX del tiempo ordinario - Sr. Cristina María

Année liturgique 2014-2015 [B]


Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús.


La liturgia dominical de estos domingos nos sigue presentando el capítulo 6 del Evangelio de Juan. Este capítulo se inicia con el signo de la multiplicación de los panes y de los peces para seguir con el discurso de Jesús sobre el pan de vida y los diálogos con los suyos. Recordemos que para Juan los signos que Jesús realiza son mucho más que hechos prodigiosos. Son como flechas indicadoras que señalan hacia Jesús y quieren revelarnos su propia identidad y su misión. Jesús sabe que la gente lo busca porque les ha dado de comer y han quedado hartos. Pero va a ir llevando a los que están con él al verdadero sentido de lo que El da y de lo que El es. Más allá del pan material, Jesús va a invitarles a buscar un alimento que da vida eterna.


Dijo Jesús a la gente : "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo ; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Disputaban los judíos entre sí : "Cómo puede este darnos a comer su carne ?".


Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea : "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne ?". Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo. Sus plabras nos llevan a ir más en profundidad en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en los seguidores de Jesús. Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras : "No tenéis vida en vosotros".


Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa : "Ese habita en mí y yo en él". Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.


Esta experiencia de "habitar" en Jesús y dejar que Jesús "habite" en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital. La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena : "El que come este pan vivirá para siempre".


Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme las zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar. El hombre encontrará su verdadera felicidad si retorna a los valores evangélicos más hondos : la sencillez, la sobriedad, la solidaridad con todos, la acogida a los pequeños, la amistad sincera, el encuentro gozoso con el Padre.


"Jesús puede infundir de nuevo en nosotros un deseo inmenso de vivir. Un deseo nuevo de verdad, belleza, plenitud. El puede ayudarnos a descubrir de manera nueva la vida, el amor, las relaciones humanas, la esperanza."(José Antonio Pagola)


Cristina María, r.a.
Málaga, España

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