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Domingo XIX del tiempo ordinario - Sr Cristina María

Année liturgique 2016-2017 [A]

La liturgia de este domingo (primera lectura y texto del Evangelio) nos habla de viento, de Espíritu. El viento, signo de la presencia de Dios, una presencia que salva, que acompaña, que se deja sentir en nosotros y en la Historia, en nuestra propia historia. Elías, el profeta, tenía una misión difícil. Celoso por la fidelidad al Dios de Israel, el Dios del Sinaí, el Dios de la Alianza, el Dios que era nube que protegía del sol a su pueblo en camino, el Dios fiel, el Dios que no se dejaba ver. En la plenitud de los tiempos se nos mostrará en Jesús de Nazaret.

Elías huye al monte, al Horeb, para salvar su vida de los falsos profetas. Se refugia en una gruta donde tendrá lugar el encuentro con su Dios y Señor : "Aguarda, el Señor va a pasar." Pasa un viento huracanado pero Dios no estaba allí ; se produce un terremoto y en el terremoto no estaba el Señor. ¿Dónde estaba Yahvé ? Vino fuego y tampoco estaba ahí el Señor. Elías oyó un susurro y, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta... y en ese susurro Elías reconoce el paso del Señor Yahvé. Es el modo de proceder de Dios, el que viene a despertar en nosotros la certeza de una presencia que no se ve pero que se puede sentir. Una presencia más íntima en nosotros que nosotros mismos. Elías se cubre el rostro con el mato y salió a la entrada de la gruta. El paso del Señor es casi imperceptible, pero un paso que marca nuestras vidas.
¿Reconocemos a Dios en nuestra propia vida acogiéndole como El quiera hacerse presente ? Muéstranos, Señor, tu misericordia -el rostro misericordioso de Dios- y danos tu salvación, son las palabras que el salmo pone en nuestros corazones para profesar en esta celebración nuestra fe.

Pablo, como Elías, tiene también una misión difícil que realizar entre sus hermanos de sangre, el pueblo que judío que tanto ha recibido ha recibido de Dios. Pablo se siente solidario con la misión recibida y quiere que los suyos acojan el inconmensurable don de Dios. ¡Dios sea bendito por los siglos ! Confesión de fe de Pablo, confesión que puede ser también la nuestra, por tanto don recibido.

El texto del Evangelio nos presenta a Jesús retirándose al monte para orar. Los discípulos estaban en la barca en medio del mar. Un viento amenaza hundir la barca y Jesús se hace presente en este momento difícil. Les asegura su presencia : ¡SOY YO, NO TEMAIS ! Y llama una vez más a Pedro : !Pedro, VEN¡ Y le invita a caminar sobre las aguas. A Pedro se le pide que no dude. Y Jesús viene en su ayuda, viene a fortalecer su fe : ¿Por qué has dudado, Pedro ?
Quizá Pedro estaba oyendo una nueva llamada, a ir al fondo de sí mismo, de su amor a Jesús. De ese fondo puede brotar un acto de fe, un acto de fe que siempre es nuevo. Nuestra fe, como la de Pedro, necesita siempre fortalecerse. Y no olvidemos que basta un leve susurro para poder también nosotros, como Elías y Pablo, confesar : ¡Realmente eres el Hijo de Dios ! El Dios de la vida, el Dios Fiel, el Dios de nuestra vida.

Sr Cristina María, r.a.
Madrid

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