Domingo XIII del tiempo ordinario

(I)

Domingo XIII del tiempo ordinario

Dios no ha hecho la muerte. Quiere la vida.

La liturgia de este Domingo es una llamada a la vida. El libro de la sabiduría (1, 13-15 ; 2, 23-25) empieza anunciándonos la Buena Nueva por excelencia : Dios no ha hecho la muerte. Quiere la vida. Todo lo ha creado para que exista y, sobre todo, al ser humano hecho a su imagen. Dios no se recrea en la muerte de los vivientes. Hay pues una profunda reflexión sobre la relación entre Dios y vida. La vida muere cuando la asfixiamos en los límites egoístas del « para-nosotros ». Jesús, viviendo no para sí sino para el Padre y para sus hermanos los hombres, vence a la muerte.

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Este Jesús preocupado de sus hermanos, es el que vemos actuar en el Evangelio. La liturgia del domingo anterior, nos presentó a Jesús realizando un gesto de poder : la tempestad calmada. Marcos, en esta parte de su Evangelio, quiere llevar al creyente a pasar del miedo a la fe, a la confianza. Al calmar la tempestad, el discípulo empieza a preguntarse : ¿Quién es éste para hacer lo que hace ? Y ante el asombro de los discípulos, Jesús hace una reflexión : ¿Porqué sois tan cobardes ? ¿Aún no tenéis fe ? La fe tiene su proceso hasta llegar a la aceptación de Jesús tal como es. El camino del discípulo fue el de pasar del temor (principio de la sabiduría) a la fe. Y Marcos nos presenta ahora una serie de gestos de Jesús a través de los cuales El se va a ir revelando. Entremos tambien nosotros, acompañados de la liturgia, en este proceso de conocimiento de Jesús para que nuestra fe se vaya purificando cada vez más.

Jesús se presenta como Aquel que se acerca al hombre para manifestarle toda su compasión y su misericordia amorosa. Viene a revelarle al verdadero Dios en el que hay que creer, al que hay que acoger. Jesús habla y hace. Proclama la Buena Nueva y genera Buena Nueva. Al actuar, Jesús anuncia al Dios Padre. Todas las actuaciones de Jesús van dirigidas a personas enfermas cuya enfermedad tiene una gran repercusión social, o a personas excluídas por diversas razones o leyes (por ejemplo, ser mujer, ser viuda, tener una enfermedad considerada impura, o contagiosa...) La mujer que trata de llegar a Jesús y « al menos tocarle la orla de su manto » para ser curada, es una mujer a la que se le está juzgando duramente a causa de todas las leyes existentes sobre el flujo de sangre. La sangre era y sigue siendo el símbolo de la vida que corre y habita en nuestro interior. Perder la sangre significa y simboliza la pérdida de la vida. Esta mujer, con hemorrogias contínuas, está quedándose sin vida , está muriéndose lentamente. Había oído hablar de Jesús y quería acercarse a El en medio de la muchedumbre que le apretujaba.

Este deseo de verse curada, de volver a la vida, de recuperar su propia identidad como persona, pasa a través de las manos de mujer. La mujer transmite con sus manos, no con sus palabras, su deseo de vivir. Con el gesto temerario de tocar el manto de Jesús, expresa confianza en sí misma, capacidad de decisión y un valor inaudito. Quiere vivir y por eso no vacila en desafiar el orden establecido. Jesús, por su parte, al dejarse tocar, anula los códigos sociales y religiosos de su tiempo y proclama la pureza del cuerpo de las mujeres. El contacto de esta mujer anónima tiene un gran valor para Jesús, contrariamente a los apretujones de la gente. Y Jesús quiere hablar con ella, « cara a cara » para decirle : « Hija, tu fe te ha salvado ». Todo tu ser ha sido recreado por tu fe. « Vete en paz ».

Y a Jairo, un jefe de la sinagoga, Jesús no le niega lo que le pide : « Solo ten fe ; no temas ». Jesús se nos revela hoy como vencedor de la muerte y de la enfermedad. En nuestra existencia humana, herida por el pecado,está también la presencia liberadora del Padre. Jesús, que es vida y resurrección, se enfreta con la enfermedad y la muerte. Y hoy vuelve a decirnos : ¡Levántate ! La enfermedad y la muerte no son la última palabra de la existencia humana, sino el alba de un nuevo amanecer. Apoyados en la fe que Jesús nos pide, superamos la muerte y transfiguramos la enfermedad. Y podemos cantar con el salmista, y también con la mujer, con Jairo, con la niña : Te ensalzaré, Señor, porque me has librado... Cambiaste mi luto en danza...

Jesús actúa en pura gratuidad. No pide nada a los pobres y abatidos. Jesús cura para aliviar, para ejercer su compasión, la suya que es también la del Padre. Alivia cuando la criatura lo necesita. Y no pide nada a cambio. Solamente, a veces, pide un poco de fe. Al leer la palabra de Dios de este domingo, gocemos con la actuación de Jesús. Pidámosle que nos contagie a todos, a su Iglesia, su compasión, su libertad, su gratuidad. Así seremos capaces de anunciar al verdadero Dios.

Cristina María, r.a.
Malaga - Espana

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