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Domingo IV° de Adviento : !Bendita Tú...! ¡Magnificat !

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 !Bendita Tú...! ¡Magnificat !

Ya nos vamos acercando a Belén. La liturgia de hoy empieza ya a situarnos en el contexto geográfico donde sucedió el mayor acontecimiento de la historia, acontecimiento visible pero solamente comprensible con ojos y corazón de fe. Miqueas nos habla de Belén de Efrata, ciudad pequeña como pequeño es el « resto de Israel » ; pequeña entre las ciudades de Judá y grande porque allí nació el Salvador y, con él, nacimos todos, toda la humanidad a una vida nueva. El Rey futuro que allí nacerá será Pastor de su pueblo, y no solo traerá la paz sino que él mismo será la Paz, pues su nacimiento significa la presencia de Dios, la reunificación universal de todos los hermanos (1ª lectura). Y todo esto se realizará cuando de a luz la que ha de dar a luz, la Madre del Mesías. La Madre, María, dará un cuerpo al que más tarde ofrecerá su propio cuerpo para la salvación de todos (2ª lectura) se ofrecerá a sí mismo en una ofrenda agradable al Padre.

Y Ain Karin, el lugar de encuentro de dos mujeres que llevan en ella el misterio de navidad : María e Isabel. Juan, el que precede a Jesús en humildad y alegría, y Jesús, el Mesías anunciado, esperado durante tantos siglos y acogido por el resto de los creyentes de Israel.

Detengámonos en esas dos mujeres, en ese encuentro de dos mujeres llenas de fe y de sabiduría. Isabel y María. Cuando las dos se encuentran en Ain Karim, estas dos mujeres estaban viviendo dos etapas diferentes en sus vidas : Isabel, en la tercera o cuarta etapa de su vida, y María, una mujer joven abriéndose a la vida y sorprendida por lo inesperado. En ese momento las dos llevaban en ellas un hijo : Juan y Jesús.

Y las dos estaban viviendo una experiencia similar de « carencia », algo les faltaba a cada una : Isabel era estéril, no había tenido hijos. María llevaba en ella un misterio difícil de comprender. Y las dos llevaban en ella algo muy grande : un hijo, fuera de las leyes normales. ¿Qué van a hacer ? ¿Cómo van a hacer frente a los comentarios de la gente ? Las dos se encuentran, aceptan el misterio, sin juzgar, de la otra : ¿de dónde vienen estos niños ? Las dos van a comprender que cada una de ellas tenía algo que dar, una a la otra. Las dos necesitaban ser comprendidas, una por otra. Se ayudaron mutuamente a esperar, a atravesar los procesos de su alumbramiento, la llegada al mundo de estos dos niños.

Isabel y María van a reconocer el valor de la otra, cada una de ellas despierta lo mejor que hay en el alma, en el corazón, en la vida de la otra. Y las dos pronuncian palabras de sabiduría. María oirá de Isabel : « Bendito el fruto de tu vientre... » Y María comprenderá lo que le está sucediendo, a quién lleva en su seno. Y María entona su Magnificat. En la relación, en las relaciones, podemos nosotros también pronunciar palabras de sabiduría y de bienaventuranza hacia el otro. Cada uno de nosotros, sea cual sea el momento de su vida, es portador de una gracia. A cada uno nos toca descubrirla, descubrir la riqueza que hay en nosotros para entregarla a los otros y la que el otro nos puede aportar hoy.

El texto habla pues de bendición y de fe. Isabel habla de bendición porque María ha sido bendecida por Dios, bendice a Dios y su Hijo es bendición. Y habla de fe porque la bienaventuranza no es en absoluto efímera o superflua. María es bendita porque cree, confía, espera y obedece en Dios y al mismo Dios.

En el abrazo entre estas dos mujeres se borra la tensión entre los dos Testamentos. Pasamos del tiempo de las promesas -el tiempo de Juan Bautista ? al tiempo de la salvación -el tiempo de Jesús, el tiempo de la plenitud.
Dios nos llama a todos a entrar en esa plenitud. Necesitamos acoger la gracia, la nuestra, la que Dios nos da y con la que nos bendice, y la de los otros, compartirla y abrirle un camino para que crezca al entregarse. La sabiduría está en todos y Dios da a todos los seres la capacidad de amar todo lo que vive. De la mano de la sabiduría podemos caminar.

Acojamos pues la Sabiduría : Hace unos día entonamos la primera « Antífona OH... » y era precisamente aquella en la que llamaba a la Sabiduría : Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación ». Dichosos nosotros si nos dejamos llevar, conducir por la Sabiduría como lo hicieron Isabel y María.

Cristina María, r.a.
Málaga

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