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2º Domingo de Adviento - Sr Cristina Maria

Année liturgique 2012-2013 [C]

La palabra vino a Juan en el desierto…

 

Leyendo serenamente las lecturas de este domingo 2º de Adviento, podemos presentir ya algo de la densidad de este tiempo que precede a Navidad : el gozo de la salvación. Adviento, nos es un tiempo cronológico para llegar a la celebración de la memoria de la primera venida del Señor Jesús. Es un tiempo de salvación, un kairós, que se nos ofrece para gustar, saborear, en este tiempo intermedio entre la primera y la segunda venida, el cumplimiento de las Promesas de Dios en nuestra vida cotidiana. Dios nunca se ha ido de nuestra historia. Siempre ha estado y estará presente.

El canto de Baruc forma parte de un poema más amplio y tiene como tema final el fin del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén. Jerusalén, despójate del vestido del destierro y vístete del gozo de la salvación, de las galas perpetuas de la gloria que Dios te da. Un cambio radical, una vida nueva se le ofrece a Jerusalén, al pueblo de Dios, a la humanidad, como se nos ofrece a cada uno de nosotros en tantos momentos de nuestra vida. Y el Eterno, el Dios de la Historia, nos conduce del desierto a la libertad. Dios está siempre a favor del hombre de todos los tiempos : le allana el camino para ir al encuentro de su Dios que viene.

El salmo 125 es una nueva invitación a meditar que toda tristeza tendrá fin. En Jesús, Dios cambia nuestra suerte. Como Israel, podemos también nosotros decir : El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

En su carta a los Filipenses, Pablo les exhorta a vivir la vuelta del Señor – una vuelta muy viva en las primeras comunidades cristianas – de una manera activa. El tiempo de la espera estimula a vivir el compromiso que conlleva la fe ya que el tiempo presente es el único que tiene el cristiano para crecer en ella : acogiendo la Buena Noticia, dejando que ella le transforme el corazón y descubriendo a Aquel que viene en los hermanos, en especial en los más necesitados. Recordemos las palabras de Benedicto XVI en su Motu proprio Porta Fidei : la fe y la caridad se necesitan mutuamente. La fe en la espera del Señor se traduce, en lo cotidiano, en amor fraterno, en un amor que nos da un mayor conocimiento de Dios y que agudiza el corazón y la mirada para vivir en la búsqueda de la gloria y la alabanza de Dios.

Lucas, en su Evangelio, nos presenta uno de esos múltiples y silenciosos advientos del Señor : la palabra vino a Juan en el desierto ; y la presenta con un tono solemne (vv. 1-2). La fuerza de la palabra, el don de la palabra que se concede a Juan y a la humanidad, convierte la historia en historia de salvación. Juan recibe la palabra en el desierto y la proclama en el Jordán. La palabra que ha suscitado la conversión de Juan, resuena en su predicación como una invitación a acoger ese mismo don : el de la salvación. Este itinerario – de la palabra escuchada a la palabra anunciada - hizo de Juan un profeta. Y es el mismo cambio que puede acaecer también en nosotros y hacernos profetas para nuestros hermanos. Acogemos este domingo nuestra tarea profética “en el desierto” de nuestras ciudades, de nuestros pueblos : Preparad el camino al Señor, allanad los senderos ; que valles y colinas se igualen y que lo torcido se enderece.

Juan, profeta. Juan, hombre de Dios que en el desierto exhorta a la gente a mirar su vida desde el desierto ; es decir, sin prejuicios, sin máscaras, sin defensas y sin intereses… porque el desierto es la imagen de la autenticidad del hombre frente a sí mismo y frente a Dios. En el desierto, precisamente porque falta todo, nos vemos obligados a mirar y desear más allá de lo que nos rodea, de lo inmediato, de lo útil, de lo rentable… En el desierto Juan oyó la palabra y no pudo callar.

La palabra de este domingo nos habla. ¿Resistiremos a ella ? Una vez más la liturgia nos ofrece, nos proclama un mensaje de salvación que puede cambiar algo en nuestra vida y hacer de nosotros profetas. Puede cambiar nuestra mirada, nuestra universalidad en la acogida, nuestra escala de valores… y apostar por el Reino.

En nuestras “casas vacías” y con nuestros corazones abiertos, libres, desprendidos… podremos acoger al Dios que vino, que vendrá y que no cesa de venir a nuestra vida, a nuestro mundo, a través de hombres y mujeres que escuchan la palabra y, con la escucha, la fuerza para proclamarla.

Cristina María, r.a.
Málaga


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