2 Domingo de Cuaresma

Carême - Cuaresma - Lent

Este es mi Hijo amado, escuchamos hoy de nuevo desde el cielo. Es la confirmación de las palabras dichas por el Padre en el momento del bautismo de Jesús. En el resplandor de la transfiguración de Cristo, al menos por un instante, se revela la verdadera identidad de Cristo, que brillará definitivamente en la gloria del Padre. Jesús es el Hijo del Padre del Cielo.

Sin embargo, bajo este título de amado se esconde otro hijo, es decir, cada uno de nosotros, toda la humanidad pecadora, para cuya redención será necesario el sacrificio de la cruz. Aquí se esconde todo el misterio de Cristo que por nosotros se hizo “pecado”, así como el drama de cada una de nuestras vidas.

En este segundo domingo de Cuaresma, cobra aún mayor intensidad el significado de la tentación y la prueba del domingo pasado. Y aún se hace más dramática, porque el mismo Dios parece enfrentarse a la gran tentación del esplendor que exige elección.
Cristo, el Hijo único de Dios, lo más querido del Padre, no exento del sufrimiento : al contrario va a aceptar la muerte en cruz, entregándose a la voluntad del Padre para realizar el plan de redención de la humanidad.

El Padre ama a su hijo con amor indecible, pero no menos al hombre. Y he aquí el dilema de Dios, la mayor prueba de su inmenso amor- una tentación : dejar al hombre en pecado por amor al Hijo, o entregar al Hijo a la muerte por amor a la humanidad que necesita ser redimida. Y opta por esto último porque Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único (Rm 8, 32) Dios tiene debilidad por la humanidad caída (1Cor 1,25). Pero aún así, su elección escapa a nuestra comprensión.

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Arte Quilvo-Chile

Sin embargo Cristo lo sabe, y va preparándose para aceptar la muerte en cruz. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó : “A nadie contéis lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.” (Mt 9,9) pero ellos no entendieron qué quería decir “resucitar de entre los muertos”. No cabía en sus mentes la posibilidad de que su Maestro y Mesías podría morir. De esa manera se romperían todas las esperanzas puestas en Él.

Este mismo Dios es incomprensible para Abrahán. Deja su tierra, su pasado, y ahora Dios, en tierra extranjera y en su ancianidad, le pide la muerte de su único hijo que el mismo le había dado, y con este sacrificio le pide todo.

Los caminos de Dios son absolutamente incomprensibles también para nosotros. Continuamente la tentación está presente en nuestras vidas, es la prueba de nuestra fe. Es inevitable no preguntarnos, entonces, por el significado de nuestras vidas y no encontramos respuesta al sufrimiento. Señor, ¿dónde estás ?, ¿es que no ves, no oyes, no puedes ?

En la liturgia de este domingo encontramos la respuesta. Aunque las dificultades de la vida y su dramatismo siguen estando ahí, sin embargo, Cristo nos enseña a mirarlas con los ojos de la fe. Y la fe claramente nos muestra que el mundo y la historia son conducidos por el amor incondicional del Padre que pide de nosotros únicamente nuestra absoluta confianza en Él.

A la luz del resplandor de la Transfiguración Dios da una respuesta garante a Cristo, a los discípulos y también a nosotros- el sufrimiento, el sacrificio, la cruz, así como la tentación forman parte del crecimiento interior del hombre, como herramientas para hacer frente a la prueba, y maduran la decisión del corazón.

Abrahán, por el dolor descubrió al Dios que se ocupa de cada uno de sus hijos, creyó y se entregó a la confianza, quedando como modelo de fe para los creyentes de todos los tiempos.
Cristo por su obediencia, y por su sacrificio que le lleva a derramar su sangre en el ara de la cruz, revela en plenitud el rostro del Padre, hasta la “debilidad” de entregar al Hijo.

Dios se ocupa de nosotros, subamos al monte y dirijamos la mirada hacia lo alto para asumir valerosamente las tentaciones y las dificultades con y en nombre de los hermanos que para ser fieles viven los mismos combates (RV 12). En el momento de la prueba acojamos la voz del Padre : Este es mi Hijo amado. Escuchadle (Mc 9,7) Aquí comienza nuestra transfiguración.

S. Beatriz Mengs
Europa del Norte

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